El chico de tus sueños

—Nunca arremeto contra la belleza —dijo él haciendo un gesto con la mano.
—Ese es tu error, Harry, créeme. Valoras demasiado la belleza.
Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray.

Darwin comenzó su colección de pichones hacia 1855. En un año, de acuerdo con sus coetáneos, tenía prácticamente cualquier raza conocida en Inglaterra. Su objetivo, sin embargo, no era pasar el rato, sino llevar a cabo un estudio sistemático en embriología. Ya fuese vivos o muertos, sus pichones se convirtieron en sus pruebas más sobresalientes para su teoría de la selección sexual.

Tras publicar El origen de las especies, Darwin no regresó a una investigación seria sobre la selección sexual hasta la década de 1860, cuando había establecido su miniasamblea de informantes en el tema. «La selección sexual ha sido siempre un tema que me ha interesado mucho», confesó. También fue siempre el tema contra el cual luchó más para entender. Ver el propósito de las peleas entre machos, conocidas formalmente como «selección intrasexual», era relativamente sencillo. Eran las características aparentemente inútiles, lo colorido y lo extravagante, las que resultaban desafiantes. «¡La cola del pavo real», escribió en una ahora muy famosa cita, «me enferma!».

¿Qué podría explicar el maravilloso plumaje de un pato mandarín macho, el destacado pico de los frailecillos, la espectacular cresta de un faisán dorado, los elegantes nidos construidos por un ave de emparrado macho? Mientras que Darwin habría respondido apelando a la selección por la belleza, Wallace habría apuntado a un propósito adicional:

A veces dudo de que la selección sexual haya actuado para producir los colores de las mariposas macho. He pensado que simplemente era ventajoso para las hembras tener colores más brillantes, y ese color se ha producido solo porque en el proceso de variación infinita todos los colores se han producido sucesivamente. Incuestionablemente, dos o más mariposas macho a menudo siguen a una hembra, pero la cuestión es si ella elige entre ellos o si el más fuerte y activo la consigue.1

«Sugiero que la selección sexual es efectiva porque mejora la habilidad de del sexo que elige para detectar la calidad del sexo elegido», especuló.2 En este debate, Darwin concebía la selección sexual como un proceso distinto de la selección natural, pero Wallace los consideraba parte de un mismo fenómeno. Aunque Wallace reconoció en un artículo de 1865 que la «maravillosa cola del pavo real y el bello plumaje del ave del paraíso», así como muchos insectos machos que «se regocijan en ricos colores y brillos», eran el resultado de la selección femenina por la belleza, también arguyó que, en algunos casos, el dimorfismo sexual en las mariposas era el resultado directo de la selección por la calidad de pareja.

Darwin continuó enfocándose en aves en lugar de mariposas, reaccionando a las sugerencias de Wallace solo para comentar ocasionalmente «tu visión no nueva para mí» y remitiéndolo a una edición de El origen de las especies donde ya había invocado esa explicación. Pero las diferencias entre ambos crecieron con el tiempo. Hacia el final de la década, ambos estaban buscando una explicación plausible para los caprichos estéticos animales, pero ambos tenían además convicciones ideológicas que, en último término, llevaba a cada uno a seleccionar los ejemplos que mejor encajaban con sus propias ideas.

«El único modo en que podemos explicar los hechos observados», insistía Wallace, «es suponiendo que el color y el atractivo están íntimamente correlacionados con la salud, el vigor y la aptitud de supervivencia».3 «Pero nunca convenceremos al otro», respondió Darwin, finalmente.4

*     *     *

El tiempo ha pasado y las cosas han cambiado. Hoy por hoy, la versión de la selección sexual con la que estamos familiarizados es una combinación de las ideas un tanto opuestas de Darwin y Wallace.

Alto y fornido. De ojos y piel claros. Una dulce y cautivadora voz (demonios, como un coro de ángeles) aunada a un innato sentido del humor. Culto, bien leído, con una mirada magnética y una sonrisa seductora, un hombre notablemente inteligente. Al margen de las coincidencias con mi platónico, los psicólogos evolucionistas consideran que muchos de estos rasgos son relevantes en la búsqueda de pareja. «La simetría, la ausencia de deformidades, la pulcritud, la piel impecable, los ojos claros y los dientes intactos se consideran atractivos en todas las culturas», escribió Steven Pinker en su clásico Cómo funciona la mente.5 Rasgos físicos «tales como labios carnosos, piel clara y lisa, ojos claros, cabello brillante y buen tono muscular», explica David Buss en The Evolution of Desire, «constituyen elementos clave de los estándares masculinos de la belleza femenina».6 Asimismo, en The Mating Mind, la obra de Geoffrey Miller acerca de la evolución de la belleza humana, puedes leer lo siguiente:

A individuos de diferentes culturas les puede gustar la piel de diferentes tonos, pero todos prefieren la piel clara, limpia y sin arrugas. Las mujeres difieren en la estatura masculina exacta que prefieren, pero casi siempre prefieren a los hombres más altos que ellas. Diferentes grupos étnicos pueden preferir diferentes rasgos faciales, pero todos prefieren los rostros que son simétricos y mediamente definidos en su población. […] La mayoría de las diferencias en ojos, cabello, rasgos faciales y el tamaño de los pechos, las nalgas y el pene son muy probablemente consecuencias de la selección sexual.7

Sin importar cuánto me encantaría hablar de penes (remito a los interesados a un artículo del antropólogo William Buckner),8 ¿qué hay de especial en todo esto? La apariencia física es importante para los humanos, nadie lo cuestiona. «Lo mismo es cierto a lo largo del reino animal» porque «la mayoría de las especies no humanas se apoyan en los rasgos externos, como el tamaño, la forma y el color de los ornamentos (por ejemplo, plumas, pelaje y aletas) para atraer parejas».9 Ciertas características resultan atractivas a la mayoría de los individuos y, en lo que concierne a nuestra especie, de las culturas también. Un ejemplo llamativo es la preferencia por la piel clara en diversas culturas, muchas sin conexión alguna. El antropólogo Matthew Blackwell describe este fenómeno:

En Singapur, Cambodia, Tailandia, vallas publicitarias en todas partes proyectan imágenes de mujeres de piel clara aplicándose cremas en la cara. Los chinos parecen ser particulamente críticos en este asunto; y durante miles de años las geishas se han considerado un punto focal simbólico de la perfección en belleza en Japón, con la cara cubierta de excrementos de ave u otros productos para blanquear. Un académico japonés describió el tono de piel perfecto como un ejemplo de la «bella paciente de tuberculosis cuya piel es pálida y casi transparente». Los hombres japoneses más adinerados se casan con las mujeres de piel más clara, como también ocurre en prácticas subcontinentales en India y Bangladesh.10

Independientemente de lo que pensemos acerca de estas prácticas, es interesante su ocurrencia mundial, especialmente porque el tono de piel (la piel clara, para ser específico) desempeña un papel importante en el atractivo femenino —que no masculino, hasta donde sé— en poblaciones en las que los tonos de piel son más variables. «La preferencia por la piel más clara ha aparecido independientemente (por convergencia) en Asia y Europa», tal como señala un equipo de investigadores cuyo estudio consistió en comparar las calificaciones de atractivo entre tres culturas (Namibia, Camerún y República Checa).11 Lo que descubrieron fue que para los calificadores africanos el atractivo facial estaba correlacionado con la claridad de la tez, mientras que los calificadores checos parecían preferir la tez más morena o no tener ninguna preferencia en absoluto.

Plumas coloridas, simetría facial, elocuencia al hablar… Lo que todas estas características tienen en común es que sirven como indicadores de que su poseedor o poseedora resultar ser portador de «buenos genes». Su atractivo universal, en pocas palabras, estriba en que tales rasgos (llamados «rasgos sexuales secundarios») anuncian la calidad genética de su dueño. O eso es lo que han afirmado constantemente los expertos. Si bien las pruebas se han acumulado, demostrando toda clase de beneficios asociados con estas características (mayor fertilidad, mejor salud, etcétera), un problema es que la mayoría de estos descubrimientos han venido de estudios basadas en muestras pequeñas (¿quién dice que el tamaño no importa?), especialmente de poblaciones europeas, lo que disminuye la fiabilidad de cualquier resultado. Y cuando investigaciones más recientes con métodos más rigurosos y muestras más grandes han tratado de replicarlos, todas han fracasado.

«La evidencia más fuerte para la hipótesis de los buenos genes proviene de estudios sobre los cambios en la preferencia de las mujeres durante la ovulación», apunta Buss.12 Los psicólogos evolucionistas afirman que las mujeres (heterosexuales) experimentan cambios ovulatorios que las hace preferir rasgos más masculinos para el sexo casual durante la fase de alta fertilidad y rasgos más femeninos para relaciones duraderas en otros momentos del ciclo menstrual («hipótesis de la estrategia dual de apareamiento», así la llaman). Estos cambios a lo largo de la ovulación se predicen sobre la base de que, de esta manera, las mujeres pueden aumentar sus beneficios al asegurar una pareja altruista y atenta a largo plazo mientras crían hijos obtenidos por medio del adulterio en relaciones casuales (no es invención mía, para que conste).

Muchos estudios anteriores habían hallado apoyo para la hipótesis pero, por un lado, la mayoría se había apoyado en autoinformes. Tanto simulaciones cuanto evaluaciones empíricas han demostrado que esta metodología hacen muy mal su trabajo en la producción de resultados fiables.13 Por otra parte, aunque las mujeres sí que parecen demostrar mayores deseos sexuales durante su etapa de mayor fertilidad, los resultados «sugieren un cambio general en el deseo sexual, más que un cambio específico en el deseo sexual extramarital».14 En efecto, el mayor estudio hasta la fecha no reveló que las mujeres se sintiesen particularmente atraídas por la idea de practicar una infidelidad.15 Tampoco muestran aumentos en su preferencia por las voces o los rostros masculinos a lo largo del ciclo menstrual.16

Desde los noventa, otra rama de este campo ha hipotetizado que el índice cintura-cadera (la diferencia proporcional entre el perímetro de la cintura y el de la cadera) es una pista fiable de la calidad genética femenina. En este caso, los estudios han demostrando, más allá de toda duda, que los hombres prefieren a las mujeres con mayores curvas, lo que parecería apoyar la teoría. ¿Lo hace realmente? Un equipo de investigadores chinos ha publicado recientemente un estudio, basado en más de 11 000 participantes, demostrando que la actividad física disminuye el índice cintura-cadera.17 La actividad física —de más está decirlo— mejora la salud general, así que, sí, la hipótesis parece tener algún apoyo. Pero de la misma manera parece no tenerlo. Los investigadores descubrieron que fumar, que está asociado a diversos problemas de salud, también disminuye el índice. Así que quizá la proporción de las cinturas y de las caderas no sea una pista de buenos genes después de todo.

Hst la fecha, la evidencia que apunta a dicho índice como un signo de salud y fertilidad es limitada, problemática o simplemente inexistente. Por notable que sea la hipótesis, la bióloga de la Universidad de Story Brook Jeanne Bovet ha concluido, tras una revisión sistemática de prácticamente todos los estudios publicados, que «no la apoya la evidencia en poblaciones de mujeres jóvenes y no obesas (la población de interés para la hipótesis)».18 Así las cosas, si me lo preguntas, yo diría que no le faltan razones a la psicóloga Feldman Barrett para quejarse: «Siempre he sentido que debería haber un lugar especial en el infierno, lleno de espejos, reservado para las personas que sugieren que el tamaño de la cintura o la cadera puede decir algo importante sobre una mujer».19

Si pasamos de las mujeres a los hombres, que son más mi especialidad, nos encontramos con no menos hipótesis, no menos predicciones asimismo fallidas. Para tomar un ejemplo, Miller ha teorizado que el humor, la inteligencia, la creatividad y habilidades intelectuales similares han evolucionado por medio de la selección sexual. «Apreciar el humor es una parte importante de la elección de pareja», sin duda.20 Al menos un estudio ha demostrado que las personas más inteligentes son asimismo más diestras para hacer bromas,21 pero la habilidad en una pareja para hacer reír a una orquesta parece estar más relacionada con la satisfacción de pareja de los hombres que de las mujeres,22 lo cual va contra la teoría (Miller asume que son las mujeres quienes eligen estas habilidades intelectuales en los hombres). En cuanto a la inteligencia, se ha demostrado que es más importante en la evaluación de parejas potenciales para las mujeres que para los hombres, estos últimos los cuales usualmente prefieren a una mujer menos inteligente que ellos,23 lo cual es consistente con la teoría, aunque existe un umbral relativo a cuán inteligente desean las mujeres que sea su pareja.24

Existe una dificultad más sustancial, no obstante. El efecto aureola, descubierto hacia la década de los veinte por el psicólogo estadounidense Edward Thorndike, ha demostrado por décadas que tendemos a sobreestimar los rasgos de otras personas, como su inteligencia o su competencia, basando nuestro juicio con frecuencia solo en su atractivo físico.25 Luego, aunque parece que las personas pueden predecir con algo de precisión la inteligencia de otros basándose solo en ciertos rasgos faciales (vale la pena notar que la precisión es, aun así, baja),26 la tendencia a sobreestimar la inteligencia de nuestra pareja parece ser la norma más que la excepción.27 Un estudio más extenso que muchos previos, en adición, no encontró relación genética alguna entre la inteligencia y el atractivo.28

Para decirlo crudamente, la relación entre el atractivo físico y la salud o la fertilidad simplemente no sobrevive al escrutinio, como lo demuestran evaluaciones directas de estas características. La relación entre la simetría facial masculina, así como la adiposidad, y la feminidad de las mujeres (rasgos todos estos asociados con la percepción de la salud, de acuerdo con estudios anteriores), no han mostrado relación con la salud objetiva.29 En un estudio de cerca de 600 universitarias, el atractivo físico no estuvo asociado con la función inmune.30 La simetría facial no se ha encontrado relacionada con la salud en una extensa muestra británica,31 ni en poblaciones latinoamericanas.32 Para añadir solo un hecho más a esta lista, el atractivo físico y la fertilidad masculina no se han encontrado asociados en dos sociedades aborígenes.33

Y estos resultados son consistentes con la mayoría de los estudios animales que han puesto a prueba la hipótesis de los buenos genes. La antropóloga Angela Achorn y el biólogo Gil Rosenthal han reconocido que «los estudios recientes proporcionan, en el mejor de los casos, resultados mixtos para la intuición de que los machos más atractivos tienen los mejores genes».34 Es una forma de decirlo. Al menos dos metaanálisis diferentes han concluido que, hasta ahora, el peso de la evidencia no inclina la balanza en favor de la teoría (uno fue bastante explícito desde el título: «Las hembras selectivas consiguen hijos guapos más que buenos genes»).35

Aun así, de existir relación alguna entre el atractivo y otros rasgos, en vez del producto de una tendencia evolutiva para detectar la calidad genética de una pareja podría ser el resultado de una construcción social (no, no esa clase de construcción social). Verás, dado que todo rasgo, físico o psicológico, es en cierto grado heredable,36 una correlación entre distintos rasgos podría surgir solo a partir de la selección de pareja. No estoy insinuando un programa eugenésico aplicado en masa por burócratas octogenarios decrépitos. Piensa más bien en una cultura A en la cual las mujeres prefieren a los hombres altos y con ojos azules en contraste con otra cultura B en la cual los prefieren altos pero con ojos cafés. A lo largo de las generaciones, la selección continua en estos rasgos produciría una correlación positiva entre la estatura y los ojos azules en la cultura A y la estatura y los ojos cafés en la cultura B. En otras palabras, mientras que en una cultura los hombres altos tenderían a tener los ojos más azules, en la segunda los hombres altos tenderían a tenerlos más cafés.

Recientemente, un grupo de investigadores ha proporcionado la primera línea de evidencia para esta idea. Con una muestra de 14 000 personas de 45 países diferentes, descubrieron que un constructo, al que llamaron factor d (de deseabilidad), explica una gran proporción de la correlación entre un amplio abanico de rasgos, específicamente debido al emparejamiento afín (esto es, la tendencia de las personas a tener parejas con rasgos similares).37

Tales resultados son un guiño a la posibilidad, raramente considerada en la bibliografía, de que los «estándares universales de belleza» pueden ser, en realidad, tendencias recientes en la historia evolutiva humana. Junto con el biólogo francés Michel Raymond, Bovet realizó un estudio acerca de los estándares estéticos occidentales en relación con las caderas femeninas a lo largo de los últimos 2500 años. Ambos descubrieron que —espéralo, aquí viene— «contra la afirmación de que la preferencia por la razón cintura-caderas es universal e intemporal, la proporción considerada ideal ha cambiado a lo largo del tiempo».38 (Además descubrieron que, en contraste con algunas quejas frecuentes, la forma ideal para las mujeres no ha cambiado en los últimos veinte o cincuenta años, sino que es mucho más antigua).

De modo similar, otras investigaciones han demostrado que la preferencia de los hombres por los rostros más femeninos, así como la preferencia de las mujeres por los más masculinos, parecen haberse desarrollado hace no mucho en Occidente. En una comparación de doce culturas, un equipo observó que tales preferencias solo se encuentran en los ambientes más urbanizados.39 En tres culturas, las mujeres preferían los rostros más masculinos, preferían los más femeninos en dos, y consideraban más atractivos los neutrales en el resto. De la misma manera, los hombres preferían los rostros más masculinos en tres culturas, los neutrales en una y los más femeninos en el resto.

Pero quizá el mayor obstáculo para este modelo de la selección sexual es la presuposición de la elección de pareja, es decir, la presuposición de la libertad de las mujeres para expresar sus deseos más profundos al elegir al hombre de sus sueños. A lo largo de la historia humana, sin embargo, la opresión de las mujeres ha sido la norma más que la excepción. «A lo largo de las sociedades modernas y preindustriales históricas», tal como explica el psicólogo evolucionista Menelaos Apostolou, «son usualmente los padres quienes controlan las decisiones de pareja de sus hijos».40 Fijémonos solo en 16 sociedades históricas distribuidas entre el Norte de África, Oriente Medio, América Central y del Sur y Europa.41 Allí veremos que, en 15 de ellas (la única excepción son los Incas, para los cuales los registros históricos no son claros), el matrimonio concertado fue siempre la norma. Lo cual, por si te quedan dudas, es consistente con el registro etnográfico. Datos de 190 sociedades de cazadores y recolectores, así como de más de 180 sociedades de pastores y agricultores, han demostrado el mismo patrón, con la libertad de elección siendo prevalente solo en una minoría de los casos.42 (Actualmente, la influencia parental en la elección de parejas es aún alta en algunas sociedades colectivistas).43

Qué lástima. Supongo que tendré que conformarme con el hecho de saber que mi platónico no es un hombre de mejor calidad genética que el promedio, sino solo el más atractivo de todos. Física e intelectualmente. Pero, oye, no es tan malo.


1 Citado por Evelleen Richards, Darwin and the Making of Sexual Selection, p. 390.
2 Citado por Richard Prum (2012), «Aesthetic evolution by mate choice: Darwin’s really dangerous idea», Philosophical Transactions of the Royal Society B, 367 (1600): 20110285.
3 Íbidem.
4 Richards, Darwin and the Making of Sexual Selection, p. 411.
5 Steven Pinker, How the Mind Works (Nueva York: Penguin Books, 1997), pp. 483.
6 David Buss, The Evolution of Desire: Strategies of Human Mating (Nueva York: Basic Books, 2016 [2.ª ed.]), cap. 3. Cito por la edición en digital.
7 Geoffrey Miller, The Mating Mind: How Sexual Choice Shaped the Evolution of Human Nature (Nueva York: Anchor Books, 2000), pp. 228-229.
8 William Buckner, «The human penis is remarkably boring», Traditions of Conflict, 7 de junio de 2018. El título solo se le podía ocurrir a un hombre heterosexual, de eso no hay duda.
9 Anthony Little, Benedict Jones y Lisa DeBruine (2011), «Facial attractiveness: Evolutionary based research», Philosophical Transactions of the Royal Society B, 366 (1571): 20100404.
10 Matthew Blackwell, «The origins of colorism», Quillette, 13 de febrero de 2019.
11 Karel Kleisner y otros (2017), «African and European perception of African female attractiveness», Evolution and Human Behavior, 38 (6): 744-755.
12 Buss, The Evolution of Desire, cap. 4.
13 Steven Gangestad y otros (2016), «How valid are assessments of conception probability in ovulatory cycle research? Evaluations, recommendations, and theoretical implications», Evolution and Human Behavior, 37 (2): 85-96; Khandis Blake y otros (2016), «Standardized protocols for characterizing women’s fertility: A data-driven approach», Hormones and Behavior, 81: 74-83.
14 Benedict Jones, Amanda Hahn y Lisa DeBruine (2019), «Ovulation, sex hormones, and women’s mating psychology», Trends in Cognitive Sciences, 23 (1): 51-62.
15 Ruben Arslan y otros (2018), «Using 26 thousand diary entries to show ovulatory changes in sexual desire and behaviour», PsyArXiv Preprints.
16 Julia Jünger y otros (2018), «Do women’s preferences for masculine voices shift across the ovulatory cycle?», Hormones and Behavior, 106: 122-134; Urszula Marcinkowska, Grazyna Jasienska y Pavol Prokop (2018), «A comparison of masculinity facial preference among naturally cycling, pregnant, lactating, and post-menopausal women», Archives of Sexual Behavior, 47 (5): 1367-1374.
17 Xiwen Qian y otros (2019), «Changes in distributions of waist circumference, waist-to-hip ratio and waist-to-height ratio over an 18-year period among Chinese adults: A longitudinal study using quantile regression», BMC Public Health, 19: 700.
18 Jeanne Bovet (2019), «Evolutionary theories and men’s preferences for women’s waist-to-hip ratio: Which hypotheses remain? A systematic review», Frontiers in Psychology, 10: 1221.
19 Lisa Barrett, «Zombie ideas», APS Observer, 25 de septiembre de 2019.
20 Miller, The Mating Mind, p. 415.
21 Alexander Christensen y otros (2018), «Clever people: Intelligence and humor production ability», Psychology of Aesthetics, Creativity, and the Arts, 12 (2): 136-143.
22 Jeffrey Hall (2019), «Humor production in long-term romantic relationships: What the lack of moderation by sex reveals about humor’s role in mating», International Journal of Humor Research, 32 (3): 343-359.
23 Peter Jonason y otros (2019), «Is smart sexy? Examining the role of relative intelligence in mate preferences», Personality and Individual Differences, 139: 53-59.
24 Gilles Gignac, Joey Darbyshire y Michelle Ooi (2018), «Some people are attracted sexually to intelligence: A psychometric evaluation of sapiosexuality», Intelligence, 66: 98-111.
25 Sean Talamas, Kenneth Mavor y David Perrett (2016), «Blinded by beauty: Attractiveness bias and accurate perceptions of academic performance», PLoS ONE, 11 (2): e0148284.
26 Anthony Lee y otros (2017), «Assessing the accuracy of perceptions of intelligence based on heritable facial features», Intelligence, 64: 1-8.
27 Gilles Gignac y Marcin Zajenkowski (2019), «People tend to overestimate their romantic partner’s intelligence even more than their own», Intelligence, 73: 41-51.
28 Dorian Mitchem y otros (2015), «No relationship between intelligence and facial attractiveness in a large, genetically informative sample», Evolution and Human Behavior, 36 (3): 240-247.
29 Yong Zhi Foo, Leigh Simmons y Gillian Rhodes (2017), «Predictors of facial attractiveness and health in humans», Scientific Reports, 7: 39731.
30 Ziyi Cai y otros (2019), «No evidence that facial attractiveness, femininity, averageness, or coloration are cues to susceptibility to infectious illnesses in a university sample of young adult women», Evolution and Human Behavior, 40 (2): 156-159.
31 Nicholas Pound y otros (2014), «Facial fluctuating asymmetry is not associated with childhood ill-health in a large British cohort study», Proceedings of the Royal Society B, 281 (1792): 20141639.
32 Mirsha Quinto-Sánchez y otros (2017), «Socioeconomic status is not related with facial fluctuating asymmetry: Evidence from Latin-American populations», PLoS ONE, 12 (1): e0169287.
33 Lynda Boothroyd y otros (2017), «Male facial appearance and offspring mortality in two traditional societies», PLoS ONE, 12 (1): e0169181.
34 Angela Achorn y Gil Rosenthal (2019), «It’s not about him: Mismeasuring ‘good genes’ in sexual selection», Trends in Ecology & Evolution, en línea.
35 Michael Jennions y otros (2012), «Meta-analysis and sexual selection: Past studies and future possibilities», Evolutionary Biology, 26 (5): 1119-1151; Zofia Prokop y otros (2012), «Meta-analysis suggests choosy females get sexy sons rather than “good genes”», Evolution, 66 (9): 2665-2673.
36 Robert Plomin y otros (2016), «Top 10 replicated findings from behavioral genetics», Perspectives in Psychological Science, 11 (1): 3-23.
37 Daniel Conroy-Beam y otros (2019), «Assortative mating and the evolution of desirability covariation», Evolution and Human Behavior, 40 (5): 479-491.
38 Jeanne Bovet y Michel Raymond (2015), «Preferred women’s waist-to-hip ratio variation over the last 2,500 years», PLoS ONE, 10 (4): e0123284.
39 Isabel Scott y otros (2014), «Human preferences for sexually dimorphic faces may be evolutionarily novel», PNAS, 111 (40): 14388-14393.
40 Menelaos Apostolou (2014), «Sexual selection in ancestral human societies: The importance of the anthropological and historical records», Evolutionary Behavioral Sciences, 8 (2): 86-95.
41 Menelaos Apostolou (2012), «Sexual selection under parental choice: Evidence from sixteen historical societies», Evolutionary Psychology, 10 (3): 504-518.
42 Menelaos Apostolou (2007), «Sexual selection under parental choice: The role of parents in the evolution of human mating», Evolution and Human Behavior, 28 (6): 403-409; Menelaos Apostolou (2010), «Sexual selection under parental choice in agropastoral societies», Evolution and Human Behavior, 31 (1): 39-47.
43 Abraham Buunk, Justin Park y Lesley Duncan (2009), «Cultural variation in parental influence on mate choice», Cross-Cultural Research, 44 (1): 23-40.

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