«The Gendered Brain», de Gina Rippon

En un famoso pasaje de Alicia en el País de las Maravillas, Alicia y la Reina Roja corren a través de un bosque en el que los árboles y las demás cosas parecían moverse con ellas. En algún momento, después de tanto correr, atónita y agotada, Alicia exclama: «¡Pero si yo diría que hemos estado bajo este árbol todo el rato! ¡Todo está igual que estaba! En mi país, si una corre un rato, tan deprisa como lo hemos hecho nosotras, generalmente acaba llegando a un lugar distinto». A lo que la Reina contesta: «¡Un país bien lento! Aquí, como ves, se ha de correr a toda marcha simplemente para seguir en el mismo sitio. Y si quieres llegar a otra parte, por lo menos has de correr el doble de rápido».

Quien haya estado involucrado alguna vez en una investigación conocerá una sensación similar. Cuando obtuve respuestas cambiaron las preguntas. Daría todo lo que sé por solo la mitad de lo que ignoro. Frases comunes que reflejan, con algo de precisión, aquel sentimiento. El campo de la neurociencia quizá sea un ejemplo representativo de lo que quiero decir. Los reportajes de periódico y las noticias de divulgación científica pueden dar al público general la impresión de que los científicos lo saben todo sobre esta prisión del alma. Desafortunadamente, solo hace falta leer un poco más para sospechar que no hemos avanzado demasiado en su comprensión.

The Gendered Brain

Al abordar el libro The Gendered Brain (muy provocadoramente subtitulado «la nueva neurociencia que hace añicos el mito del cerebro femenino»), de la neurocientífica de la Universidad de Aston Gina Rippon, esperaba poder tener una imagen más clara de los últimos avances en este campo.1 Debo confesar que tal vez mis expectativas eran muy altas.

Rippon lleva a cabo excelentes críticas sobre las dificultades a las que se enfrentan los investigadores cuando tratan de interpretar las imágenes del cerebro. Existen muchos instrumentos de neuroimaginería, el más conocido de los cuales acaso sea el de las imágenes de resonancia magnética funcional (IRMf, para abreviar). Las IRMf, básicamente, proporcionan información sobre el flujo de oxígeno en la sangre, el cual tiende a aumentar o disminuir de acuerdo con la actividad de las zonas cerebrales (el flujo se dirigirá especialmente hacia las zonas más activas). Muchos estudios han tratado de demostrar que los cerebros de hombres y mujeres funcionan de maneras diferentes al emplear este instrumento. Pero tal como explica Rippon en el capítulo 4:

Las IRMf no nos brindan una imagen directa de la actividad cerebral, del paso de los impulsos nerviosos a lo largo de la superficie del cerebro ni dentro de estructuras clave en escalas temporales de milisegundos; solo nos brindan una imagen de los cambios del flujo sanguíneo que proporcionan la energía para esa actividad. […] Los datos crudos de la activación cerebral (sean el flujo sanguíneo o la actividad magnética o eléctrica) se convierten en representaciones visuales del tejido cerebral medidas en unidades llamadas voxeles (pixeles en 3D). Estos pueden variar en tamaño, dependiendo de la resolución del sistema, pero podrías conseguir hasta un millón de voxeles en un escaneo cerebral de alta resolución.

Y eso se traduciría en mucha información para procesar, sin mencionar la falta de consenso en torno a las decisiones que deben tomar los investigadores acerca del tipo de análisis estadístico que deben usar, el modo en que deben limpiar los datos (reducirlos, para poder llevar a cabo comparaciones más fácilmente), etcétera.2 A pesar de todos estos problemas que Rippon recuerda una y otra vez a lo largo del libro, nada le impide usar las IMRf en el capítulo seis para hablar sobre cómo nuestro cerebro responde a estímulos culturales como el rechazo social.

Aunque Rippon no lo menciona por ninguna parte, las IRMf tienen muy poca fiabilidad. En ciencias como la psicología —para que no te confundas con el lenguaje general—, la fiabilidad es una propiedad, medida en un rango de 0 a 1 (o de 0 a 100 %), que se refiere a la consistencia que hay entre los distintos resultados de las repeticiones de una misma prueba en diferentes condiciones. Una alta fiabilidad implica que los resultados de una prueba obtenidos en distintos momentos suelen ser bastante consistentes; una poca fiabilidad se traduce en que esos resultados son muy fluctuantes. Por convención, una fiabilidad de 0.7 es el mínimo requerido en psicología para aceptar el uso de un test psicológico. Para hacer una comparación, la fiabilidad de las pruebas de personalidad es de alrededor de 0.8, y la de las pruebas de la inteligencia (coeficiente intelectual, para dejarlo claro) es casi perfecta, de entre 0.9 y 0.95 dependiendo del tipo de prueba. ¿Cuál es la fiabilidad de las IRMf? Pese a que en neurociencias la fiabilidad mínima exigida es de 0.6, salvo por las tareas que miden el procesamiento de rostros (la actividad cerebral se puede evaluar con diversas tareas), la fiabilidad es bastante mediocre, de entre 0.35 y 0.4.3

Hay que decir que se echan de menos a lo largo del libro más detalles acerca del cerebro o la neuroimaginería. Rippon pone, en general, demasiada atención en temas que mejor hubiese dejado a los científicos sociales, como la subrepresentación femenina en las carreras científicas, y las pruebas que presenta para atribuir un origen social a estos fenómenos son deficientes. Sobre la paradoja de la igualdad, por ejemplo, invoca la amenaza del estereotipo, que consiste en el empeoramiento del desempeño en una tarea atípica de nuestro género. Los efectos de la amenaza del estereotipo, sin embargo, han sido difíciles de replicar actualmente, con un fracaso estrepitoso hace no mucho en una enorme muestra de estudiantes holandeses.4 (Sin embargo, aún está por averiguarse si estos resultados se deben a que el fenómeno nunca existió o si ha disminuido con el tiempo).

Aun así, pese a que también es notable la falta de detalles sobre cómo influyen las hormonas en el desarrollo cerebral o cuál es el papel que cumplen algunos neurotransmisores (no quiero insinuar que Rippon lo omite deliberadamente), sí hay, en cambio, excelentes fuentes sobre cómo interactúan la biología y el ambiente, particularmente en relación con el comportamiento. En uno de los últimos capítulos, por ejemplo, el lector —o lectora, ya que estamos— se encontrará con un estudio, ahora famoso, que comparó a los hombres de dos tribus en Tanzania. En una tribu, donde el cuidado de los niños era común para los hombres, los hombres tenían menores niveles de testosterona que en la otra, donde el cuidado paternal era raro.5 Naturalmente, la interpretación sería que participar en las tareas domésticas reduce los niveles de testosterona en los hombres, pero las correlaciones son solo correlaciones y la única forma de inferir causas es por medio de experimentos controlados. Y aquí Rippon tiene un excelente punto:

Este efecto «astuto» de la testosterona fue demostrado cuidadosamente por la neuroendocrinóloga social Sari van Anders [y sus colegas] usando una muñeca que lloraba y tres grupos desprevenidos de hombres.6 […] Un grupo solo tenía que escuchar al bebé llorar sin ninguna posibilidad de intervención; un grupo podía interactuar con la muñeca, la cual, sin embargo, estaba programada para llorar sin importar lo que hicieran (estoy familiarizada con bebés humanos que exhiben las mismas características); y el afortunado tercer grupo tenía una muñeca que estaba programada para responder a una de las muchas actividades de cuidado en oferta (alimentación, cambio de pañal, etcétera). Se midieron los niveles salivales de testosterona antes y después de la experiencia con la muñeca. El grupo que tuvo éxito al tranquilizar a la muñeca demostró un descenso significativo en la testosterona, mientras que el grupo que no podía interactuar con ella demostró un aumento significativo. El tercer grupo, que podía interactuar sin éxito para calmarla, mostró poco cambio en sus niveles.

De aquí una ilustradora metáfora empleada por Rippon: «En la interacción que hay entre la biología y el ambiente, ¿hemos de concebir a la biología en el asiento del conductor del coche o en el del pasajero?».

Sin embargo, algunos críticos —quienes no pasaron de los primeros capítulos del libro ni de las reseñas, por lo que parece— se apresuraron a señalar que Rippon simplemente negaba cualquier papel a la biología. El neurobiólogo Larry Cahill, por ejemplo, escribió en la revista Quillette que en la misma semana de la publicación del libro aparecieron noticias sobre investigaciones que descubrían pistas sobre las diferencias cerebrales entre hombres y mujeres o sobre las diferencias sexuales en la propensión a sufrir ciertos trastornos neurológicos.7 Para mi entretenimiento, el estudio sobre las diferencias cerebrales se refería a ratones («¡No soy neurosexista! Simplemente creo que los hombres y las mujeres son diferentes mientras que los ratones y los humanos son similares»).8 Y el segundo solo incentivaba a los investigadores a considerar el sexo como una variable biológica remarcando que «una comprensión pobre de las diferencias sexuales en las enfermedades neurológicas puede conducir a concepciones erróneas y sesgos en el trato de pacientes masculinos y femeninos».9

Contra la idea de que las neurofeministas son «anti diferencias sexuales», ninguna cuestiona la importancia de considerar que puede haber diferencias clínicas entre hombres y mujeres como resultado de diferencias biológicas. Antes bien, sí destacan que la investigación en animales tiene limitaciones en su aplicabilidad médica para los humanos.10 No hay dudas de que los argumentos de Rippon en este caso podrían haber sido mucho mejores, pero es relevante su observación al notar que muchos estudios sobre diferencias sexuales cerebrales y fisiológicas se basan, en realidad, en muestras de ratones (y muchos lectores no lo sabrán hasta consultar las fuentes originales).

Otras reseñas más honestas han señalado que Rippon tiene un ojo perspicaz para encontrar errores en los estudios que intentan atribuir las diferencias sexuales a diferencias biológicas, pero es mucho menos rigurosa al examinar aquellos que atribuyen dichas diferencias a los procesos de socialización.11 Y aquí cedo toda la razón. Rippon admite, por ejemplo, que aún sabemos muy poco sobre el cerebro para atribuir las diferencias de género a la biología, pero acto seguido intenta convencernos de que las diferencias se deben a la sociedad. Rippon insiste en que no está claro que una diferencia estructural se traduzca en una diferencia conductual, pero solo dos páginas más adelante explica cómo los videojuegos modifican las áreas cerebrales asociadas con la orientación espacial.

Con todo, es cierto que, si bien este no es un mal libro, sí que es uno que podría haber sido mejor. Aunque sus detalles sobre la historia del neurosexismo atraigan a los apasionados de la historia de las controversias científicas, hay mucho que se podría haber omitido o discutido en conjunto con las controversias más recientes. En ocasiones, muchas afirmaciones de peso para la perspectiva que nos intenta ofrecer se basan en estudios con más de dos décadas de antigüedad (¿soy la única persona que sufre arcadas cada vez que ve citadas fuentes tan vetustas?).

Al igual que Alicia, comencé este libro entusiasmado de ampliar mi comprensión sobre el cerebro, pero ahora me doy cuenta de que me desplacé a lo largo de unas quinientas páginas para permanecer en el mismo lugar.


1 Gina Rippon, The Gendered Brain: The New Neuroscience that Shatters the Myth of the Female Brain (Londres: The Bodley Head, 2019). Cito por la edición en digital.
2 Gang Chen, Paul Taylor y Robert Cox (2019), «Is the statistic value all we should care about in neuroimaging?», Neuroimage, 147: 952–959.
3 Esther Heckendorf y otros (2019), «Neural responses to children’s faces: Test–retest reliability of structural and functional MRI», Brain and Behavior, 9 (3): e01192; Maxwell Elliott y otros, «Poor test-retest reliability of task-fMRI: New empirical evidence and a meta-analysis», bioRxiv, en línea.
4 Paulette Flore, Joris Mulder y Jelte Wicherts (2019), «The influence of gender stereotype threat on mathematics test scores of Dutch high school students: A registered report», Comprehensive Results in Social Psychology, en línea.
5 Martin Muller y otros (2019), «Testosterone and paternal care in East African foragers and pastoralists», Proceedings of the Royal Society B, 276 (1655): 347-354.
6 Sari van Anders, Richard Tolman y Brenda Volling (2012), «Baby cries and nurturance affect testosterone in men», Hormones and Behavior, 61 (1): 31-36.
7 Larry Cahill, «Denying the neuroscience of sex differences», Quillette, 23 de abril de 2019.
8 «Researchers discover clues to brain differences between males and females», Medical Xpress, 1 de marzo de 2019.
9 «A spotlight on sex differences in neurological disorders», The Lancet Neurology, 1 de abril de 2019.
10 Lise Eliot y Sarah Richardson (2016), «Sex in context: Limitations of animal studies for addressing human sex/gender neurobehavioral health disparities», Journal of Neuroscience, 36 (47): 11823–11830.
11 Saloni Dattani, «La verdad sobre el cerebro femenino», Medium, 29 de agosto de 2019.

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