Obsesionados por la raza

«Cualquiera que sea la medida de su talento esta no es la medida de sus derechos». Estas palabras fueron escritas por Thomas Jefferson en una carta enviada a un clérigo francés el 25 de ferebro de 1809.1 Como prácticamente cualquier hombre de su época, Jefferson consideraba a los negros intelectualmente inferiores a los blancos, pero responsablemente reconocía que cualquier idea acerca de sus capacidades innatas era solo tentiva, debido a la escasa precisión científica disponible en su época para evaluarlas. Su propio prejuicio era, pues, «solo una sospecha», para citar sus propias palabras.

En nuestros tiempos, el panorama científico ha cambiado espléndida y espeluznantemente. Con ayuda de los instrumentos modernos de análisis genéticos, que permiten a los científicos estudiar amplias regiones del ADN de diversos individuos de nuestra especie para hallar genes asociados con diferentes rasgos, los genetistas conductuales han comenzado a ser capaces de identificar genes relacionados con la personalidad,2 la esquizofrenia,3 la depresión,4 la inteligencia,5 incluso la escolarización.6 Todos estos descubrimientos, que deben interpretarse con extrema cautela, nos conducen a plantearnos una incómoda pregunta. ¿Podría haber diferencias psicológicas entre varias poblaciones humanas?

Puesta así, me adelanto a decir que no podemos responder de forma negativa a esta pregunta. Para entender por qué, tomemos como primer ejemplo los «estilos cognitivos» investigados por la psicología antropológica (también conocida como «psicología cultural»).7 En una división que se ha reconocido entre el «pensamiento holístico» y el «pensamiento analítico», distintas culturas enfatizan aspectos diferentes de una misma realidad. Algunas ponen más atención al conjunto; otras se concentran más en los detalles. Si les pedimos que recuerden un evento, los asiáticos recordarán las interacciones sociales que ocurrieron en el día en cuestión, mientras que los europeos recordarán mejor sus propios actos. Esta curiosa diferencia aparece también cuando les pedimos a ambos grupos que describan una fotografía. Parafraseando un proverbio inglés, unos ven el bosque y otros ven los árboles.

Consideremos como segundo ejemplo la investigación en neurociencia cultural, que se interesa —en líneas muy generales— por comprender cómo difiere la actividad neuronal según la experiencia y más específicamente, como su nombre lo indica, la cultura.8 Las neuronas envían y reciben descargas eléctricas en intervalos que asemejan los encendidos y apagados de las luces en una discoteca. La encefalografía es una técnica de neuroimagen que consiste en registrar esa actividad bioeléctrica. Así, cuando los investigadores ponen a prueba las respuestas de varios participantes chinos y estadounidenses ante la violación de ciertas normas sociales, los encefalogramas de los participantes chinos demuestran más actividad en las regiones frontales y temporales de su cerebro (áreas asociadas con el juicio y la moral, amén de otras capacidades cognitivas), pero este efecto no se observa en los participantes estadounidenses. La cultura asiática tiene un énfasis estricto con su valor por el respeto a la autoridad, y esto se refleja claramente en la actividad cerebral de quienes han crecido en el continente.

Fijémenos en un tercer ejemplo, muy reciente en la investigación científica. Se trata de la distinción entre culturas «permisivas» y culturas «estrictas» (loose y tight, en los términos ingleses originales).9 Las culturas estrictas tienen normas sociales muy duras y toleran muy poco su ruptura; las culturas permisivas tienen pocas normas sociales porque enfatizan la libertad individual. Las culturas permisivas gastan más ingresos de los que producen; las culturas estrictas prefieren el ahorro. Las culturas estrictas suelen ser más xenofóbicas y poco receptivas a la novedad; las culturas permisivas son más abiertas a experimentar cosas diferentes.

Podría continuar citando más ejemplos, pero a este punto espero haberte convencido de que la pregunta que planteé permite una serie muy amplia de respuestas, cada una de las cuales puede traer a debate un aspecto distinto de lo que pensemos que cuando leemos «diferencias psicológicas». Esta es una de las razones por las cuales la exactitud es un requisito de la ciencia. Los términos vagos producen confusiones; los vocablos polisémicos generan malos entendidos; las palabras, en fin, nos pueden conducir a plasmar imágenes bastante contrastantes de una misma realidad.

Planteemos, entonces, la pregunta en términos más precisos. ¿Podría haber diferencias psicológicas entre varias poblaciones humanas como resultado de sus diferencias genéticas? ¿Podría ser que los genes de la inteligencia fuesen más comunes en las poblaciones europeas que en las africanas? Como dije al principio de esta entrada, los últimos descubrimientos de la genética conductual nos incitan a plantearnos preguntas incómodas. Verdaderamente incómodas.

En un artículo recientemente publicado por la revista Quillette, un par de autores realizó una reseña de Superior: The Return of Race Science, publicado por la periodista científica hindú Angela Saini.10 No he leído el libro aún, por lo que solo me limitaré a apuntar varias cosas sobre el artículo en cuestión, empezando por esta cita:

Las razas […] corresponden a poblaciones humanas que han estado viviendo en relativo aislamiento las unas de las otras, experimentando diferentes regímenes de selección [natural]. Esto significa que las categorías raciales identifican verdaderas diferencias fenotípicas, y que reflejan verdadera variación genética.

Los autores dicen que no están «particularmente casados con la palabra “raza”» y que por ello estarían igualmente cómodos «con el uso de “población humana” o “grupo de ascendencia biogeográfica” en su lugar». Pero existen muchos problemas con esta insinuación de que «población humana», «ascendencia» y «raza» son sinónimos. Las poblaciones suelen usarse más como sinónimo de «nacionalidad». La ascendencia, en cambio, se refiere al linaje genético de una población, el cual está relacionado con sus ancestros (por convención, y por falta de mejores etiquetas, usamos los continentes para señalar la ascendencia). La raza, finalmente, alude a algo más vago, más relacionado con el color de piel. Así pues, mientras que población y raza evocan entidades situadas en el presente, ascendencia nos obliga a viajar al pasado. No obstante, los autores escriben:

La primera razón por la cual los filósofos naturales empezaron a clasificar a los humanos en diferentes razas es que las poblaciones humanas lucen diferentes las unas de las otras. Sus colores de piel, texturas de cabello, estructuras faciales y estatura difieren, a menudo en maneras predecibles.

Aquí nos encontramos ante una afirmación cierta usada para sostener un razonamiento falaz. Las diferencias físicas (fenotípicas, si prefieres) que observamos entre distintas poblaciones humanas no son un índice de su ascendencia. Simplemente, es inapropiado usar características físicas para inferir la ascendencia de una población humana. Pensemos en el color de piel de los aborígenes australianos. Aunque su tez es oscura y uno podría confundirlos fácilmente con africanos, su linaje resulta estar más emparentado con las poblaciones asiáticas que con las africanas. (Este es un resultado antiintuitivo, a primera vista. Pero se obtienen resultados similares si observamos a los negritos de Filipinas, quienes, dicho sea de paso, resultan ser poblaciones diferentes).11 Sin embargo, no hace falta visitar tribus y lugares exóticos para saber por qué el color de piel es un criterio inadecuado para inferir el linaje de una población humana.

Un grupo de investigadores analizó la ascedencia de los individuos de dos ciudades del noreste de Brasil, Fortaleza y Salvador.12 Aunque estamos hablando de los integrantes de un mismo país y de dos ciudades separadas por un vuelo de dos horas, los investigadores descubrieron que quienes se identificaban como «negros» en Salvador tenían una mayor proporción de ascendencia africana que los «negros» de Fortaleza. En concreto, la relación entre su identidad racial y su ascendencia era, respectivamente, del 58.5 y el 23.6 %, una diferencia enorme para dos grupos que —se supone— pertenecen a una misma raza y viven en una misma nación. Otro grupo de investigadores analizó la ascendencia de cinco poblaciones latinoamericanas (chilenos, brasileños, colombianos, peruanos y mexicanos) y la comparó con sus identidades raciales y sus características físicas.13 Además de descubrir que la ascendencia explicaba solo una quinta parte de la variación en el color de piel, también notaron que «los individuos con menor pigmentación de la piel tienden a sobreestimar su ascedencia europea, mientras que los individuos con mayor pigmentación de la piel sobreestiman sus ascendencias nativo-americana y africana».

En efecto, como podemos observar, las categorías raciales que usamos se correlacionan con los grupos de ascendencia conocidos en genética humana, pero la correlación indica que están lejos de ser lo mismo. El coeficiente intelectual, por ejemplo, está correlacionado con un rasgo de la personalidad, la apertura a la experiencia (de hecho, la correlación es más alta que la que hubo entre la ascedencia africana y la raza negra en el ejemplo de la ciudad de Salvador en Brasil).14 Y, aun así, no creo que nadie se atreviera a decir que el CI y la apertura a la experiencia se pueden usar indistintamente para referirse a la misma entidad. Los autores del artículo de Quillette parecen olvidar este hecho al argüir que «las diferencias entre poblaciones humanas están correlacionadas» (cursivas en el original). ¿Su fuente? Otro artículo en la misma revista escrito por uno de los coautores junto a otros dos investigadores.

El problema con su razonamiento es que ni siquiera llegan a mencionar que, si experimentan presiones evolutivas semejantes, dos poblaciones genéticamente distantes pueden compartir diversos rasgos físicos debido a evolución convergente (la evolución convergente es lo que explica, por ejemplo, que tantas especies animales tengan ojos; más que deberse a haberlos heredado de un antepasado común, el relojero ciego de la evolución se las ha arreglado para dotar de ojos a los miembros de distintas ramas del árbol de la vida).

En otros casos, puede haber flujo genético entre dos poblaciones que las haga más similares. Los europeos del paleolítico, por ejemplo, tenían ojos azules pero cabello oscuro y piel morena. «Los genes de tez más pálida aparecieron en Oriente Medio y prosperaron en Europa por su ventaja evolutiva hace unos 10 000 años, más tarde entraron otros genes desde Asia», tal como explica el biólogo Álex Richter-Boix. «De hecho las mutaciones correspondientes a la tez clara no se formaron ni en Europa», sino que —continúa— «llegaron de Oriente Medio y Asia entre 10 000 y 5000 años atrás». Estas son muchas de las razones por las cuales los genetistas insisten en que raza no es un término apropiado para agrupar las poblaciones humanas y, aunque lo fuese, sigue sin ser sinónimo de ascendencia.

¿Qué tiene que ver todo esto con la pregunta que planteé al principio de esta entrada? Los autores de Quillette escriben lo siguiente:

Dadas las numerosas maneras en que las poblaciones humanas varían morfológicamente, es razonable hipotetizar que también podrían variar psicológicamente. Los procesos cognitivos humanos no están causados por un «fantasma en la máquina»; están causados por el cerebro. Y el cerebro no es una especie de categoría especial, únicamente impermeable a las fuerzas de la selección natural; es producto de la evolución, tal como los huesos, la sangre y la piel.

Me parece que podemos estar todos de acuerdo con esto, y eso es precisamente lo que hace incómodo tener que escribir una entrada como esta. Dado que el cerebro y el comportamiento también pueden estar sujetos a presiones evolutivas, ¿no sería posible esperar que ciertas poblaciones humanas fuesen más, pues, inteligentes que otras? En teoría, es posible. En la práctica, está muy lejos de haberse probado. Aquí, los autores plantean una pregunta delicada con una serie de argumentos débiles y pruebas empíricas más bien deficientes. Ambos citan, por ejemplo, A Troublesome Inheritance, del periodista norteamericano Nicholas Wade, describiéndolo como un libro «injustamente condenado».

¿Injustamente? Unos 140 genetistas poblacionales, muchos de los cuales aparecen citados en el libro, firmaron una carta en la que se lee: «Wade presenta una exposición incompleta e inexacta de nuestra investigación sobre diferencias genéticas humanas, especulando que una selección natural reciente ha llevado a diferencias mundiales en el CI».15 «Lo que es aún más especulativo es la tesis de Wade de que las diferencias conductuales entre grupos, y por ende las sociedades que construyen, están basadas en diferencias genéticas producidas por selección natural», tal como destacó el genetista Jerry Coyne en su blog. «Para Wade, escribir un libro entero apoyándose en este castillo de naipes especulativo —la idea de que los genes y la selección natural lo son todo para explicar la cultura— es simplemente mala divulgación científica».16 Aparentemente, los autores en Quillette saben más de genética humana que 140 expertos en el campo para asegurar que el de Wade es un libro «injustamente condenado». En su argumentación, los autores solo juegan a victimizarse:

La única área más controvertida del «racismo científico» es la investigación en diferencias poblaciones en habilidades cognitivas. Al tratar con este tema, es útil dar un paso atrás de cualquier afirmación definitiva para contemplar una pregunta menos divisiva: es posible que las poblaciones humanas pudieran diferir en habilidades cognitivas, al menos parte, debido a sus diferentes historias evolutivas. Parece casi imposible evitar la conclusión de que podrían.

Prosiguen señalando que «hay razones para creer que algunos ambientes pueden haber presentado a nuestros ancestros humanos con más retos cognitivos que a otros». Si bien reconocen que esto es todavía materia de debate, sus fuentes son, en primer lugar, un ensayo publicado en 2006 sobre las posibles causas evolutivas que condujo a los judíos a estar sobrerrepresentados en las élites académicas, Premios Nobel tomados en cuenta.17 David Reich resume el artículo con las siguientes palabras:

Gregory Cochran, Jason Hardy y Henry Harpending [sugierieron] que el alto coeficiente intelectual promedio de los asquenazís […] podría reflejar una selección natural debida a una historia de un largo milenio en el cual las poblaciones judías practicaron préstimos de dinero, una profesión que requería escribir y calcular. También señalaron las altas tasas en los asquenazís de las enfermedades de Tay-Sachs y de Gaucher, que se deben a mutaciones que afectan el almacenamiento de la grasa en las células del cerebro, y las cuales hipotetizaron que aumentaron en frecuencia bajo presiones evolutivas para variaciones genéticas que contribuyen a la inteligencia […]. Este argumento está contradecido por la evidencia de que estas enfermedades muy seguramente deben su origen a mala suerte del azar […]. Harpending tiene un una extensa trayectoria de especular sin pruebas sobre las causas de diferencias conductuales entre poblaciones.18

Su siguiente fuente para sostener que diferentes ambientes pudieron haber presentado retos distintos para distintas poblaciones es un artículo entre cuyos principales autores está Emil Kirkegaard,19 un guapo joven danés quien, a pesar de ello, tiene un historial sospechoso en la investigación científica: sus artículos solo son citados por él mismo. Y su artículo procede de Psych, una revista que «acepta casi todas las propuestas y exagera el rigor de su proceso de revisión de por pares».20

Los autores se apresuran a apuntar que «los psicometristas no disputan la existencia de una brecha de CI de 10 a 15 puntos entre los estadounidenses blancos y negros», sino solo sus causas. Esto es solo parcialmente cierto; me atrevería a afirmar que incluso malintencionado. Veamos su consecución, diciendo que Angela Saini «fracasa en explicar al lector por qué muchos expertos en el campo son de hecho hereditaristas», citando un estudio de 1987 para incluir a los expertos del siglo XXI y una entrada al blog de Kirkegaard (quien, dicho sea de paso, no, no es experto en psicología de la inteligencia), continuando luego con las siguientes palabras:

Para dar solo un ejemplo, [Saini] cita el argumento de Eric Turkheimer de que «en estudios de personas con el más bajo estatus socioeconómico, el ambiente explica casi toda la variación que los investigadores ven en el CI, con los genes explicando prácticamente nada», y concluye notando que «para Turkheimer, esto arruina la creencia de que cualquiera debería asumir que las brechas cognitivas que los psicólogos ahora afirman ver entre grupos raciales […] podrían ser biológicas». Sin embargo, incluso si el efecto que Turkheimer menciona fuese tan amplio como su análisis original sugirió, una afirmación de la cual somos escépticos, es irrelevante para las causas de la brecha de CI entre blancos y negros.

Es irónico que el mismo enlace en la palabra «escépticos» conduce a un metaanálisis sobre los efectos del estatus socioeconómico en la heredabilidad de la inteligencia cuyas conclusiones son que, en efecto, un bajo estatus socioeconómico está asociado con una menor heredabilidad de la inteligencia en los Estados Unidos,21 el país de donde proceden la mayoría de los estudios acerca de las diferencias cognitivas entre blancos y negros. (Hay que ser cuidadosos al interpretar los resultados. Los autores simplemente no pudieron encontrar suficientes estudios fuera de los Estados Unidos para replicar el patrón por país, así que se limitaron a dividir su análisis en «dentro del país del sueño americano» y «fuera de él», por lo que cualquier conclusión definitiva para Europa es más bien arriesgada).

Aun así, los autores escriben que «esto se debe a que los estudios generalmente encuentran que el CI es más o menos igualmente heredable en blancos y negros». Aunque esto fuese cierto —y personalmente no veo razones para dudarlo, pero tampoco para aceptarlo—, aquí cometen una falacia espantosa, porque la heredabilidad no se puede usar para explicar las diferencias entre grupos, sino solo dentro de ellos. (Este es un punto al que dediqué las últimas líneas de mi entrada sobre el mito de la crianza). Sea la heredabilidad de cierto rasgo psicológico mayor o menor para un grupo en comparación con otro, ninguna medida puede usarse para explicar las diferencias entre grupos. Esto es pura genética conductual de manual, y parece que los autores nunca se han tomado la molestia de leer uno.

El lector del artículo en Quillette jamás sabrá —como no sea por investigación personal o familiaridad con el campo— que la exposición al plomo afecta negativamente el desarrollo cognitivo (lo que significa, para evitar la jerga formal, coeficiente intelectual, inteligencia general).22 En Taiwán, «después de que los científicos se enteraron de los efectos tóxicos del plomo y los gobiernos lo prohibieron en la gasolina», escribe el psicometrista Stuart Ritchie, «las puntuaciones en CI de los niños mejoraron como resultado».23 Y en los Estados Unidos son los grupos racialmente discriminados —esto es, negros y latinos— los que están más expuestos al plomo, incluso desde temprana edad.24 El lector tampoco se enterará de que la brecha en CI entre blancos y negros en los Estados Unidos ha disminuido a la mitad durante los años (datos basados en estudios de principios de este siglo),25 y no me parece que haya razones para sostener el pesimismo de que no desaparecerá.

Los autores basan toda su discusión en la odiosa y necia idea de que podría haber diferencias cognitivas entre varias poblaciones humanas como producto de sus diferentes historias evolutivas. En teoría, asimismo podría existir alguna tribu indígena no descubierta que hubiera desarrollado alas (los murciélagos son mamíferos que lo han hecho). De hecho, existe un grupo étnico que está genéticamente adaptado para bucear (no para volar, lo lamento). Los bajau, que viven en alguna parte de Indonesia, han desarrollado una adaptación fisiológica que les permite aguantar la respiración por suficiente tiempo bajo el agua, incluso en profundidades que resultan insólitas para los miembros de cualquier otra población humana.26 Su éxito reside en el bazo, un órgano que recicla glóbulos rojos, y que en ellos muestra un tamaño desproporcionado.

Aceptamos que no es muy profesional atribuir sesgos ideológicos a los investigadores cuando se critica sus opiniones científicas. Pero ¿qué otra conclusión podemos sacar de todo esto? En su porfía por insistir en un mundo posible en lugar de traer los pies al mundo real, los autores del artículo en Quillette parecen ser extremadamente torpes para distinguir la imaginación de la realidad. En efecto, existen diferencias genéticas entre las poblaciones humanas. Así es, podemos agrupar a dichas poblaciones por su linaje o ascedencia. Sin duda alguna, podría haber diferencias cognitivas entre varias poblaciones humanas como resultado de los dos hechos anteriores. Pero también podría no haberlas. ¿Y? ¿Qué hace diferente la primera opción de la segunda? Es sumamente irresponsable especular sin evidencias, especialmente cuando hay consecuencias sociales graves de por medio. ¿Es tan difícil entenderlo?


1 The Works of Thomas Jefferson: Correspondence and Papers, 1808-1816 (Nueva York: Cosimo, 2009), p. 100.
2 Igor Zwir y otros (2018), «Uncovering the complex genetics of human character», Molecular Psychiatry, en línea.
3 Mads Henriksen, Julie Nordgaard y Lennart Jansson (2017), «Genetics of schizofrenia: Overview of methods, findings, and limitations», Frontiers in Human Neuroscience, 11: 322.
4 Johan Ormel, Catharina Hartman y Harold Snieder (2019), «The genetics of depression: Successful genome-wide association studies introduce new challenges», Translational Psychiatry, 9: 114.
5 Robert Ploming y Sophie von Stumm (2018), «The new genetics of intelligence», Nature Reviews Genetics, 19 (3): 148-159; Jeanne Savage y otros (2018), «Genome-wide association meta-analysis in 269,867 individuals identifies new genetic and functional links to intelligence», Nature Genetics, 50 (7): 912-919.
6 David Cesarini y Peter Visscher (2017), «Genetics and educational attainment», Science of Learning, 2: 4; Ziada Ayorech, Robert Plomin y Sophie von Stumm, 2019, «Using DNA to predict educational trajectories in early childhood», Developmental Psychology, 55 (5): 1088-1095.
7 Los ejemplos que menciono a continuación los he tomado del artículo de Qi Wang (2016), «Why should we all be cultural psychologists? Lessons from the study of social cognition», Perspectives on Psychological Science, 11 (5): 583–596.
8 Mi siguiente ejemplo lo he robado del artículo de Joni Sasaki y Heejung Kim (2017), «Nature, nurture, and their interplay: A review of cultural neuroscience», Journal of Cross-Cultural Psychology, 48 (1): 4-22.
9 Michele Gelfand, Rule Makers, Rule Breakers: How Tight and Loose Cultures Wire Our World (Nueva York: Simon & Schuster, 2018).
10 Bo Winegard y Noah Carl, «Superior: The Return of Race Science —a review», Quillette, 5 de junio de 2019.
11 Razib Kahn, «Asian Negritos are not one population», Discover, 21 de julio de 2011; Timothy Jinam y otros (2017), «Discerning the origins of Negritos, First Sundaland People: Deep divergence and archaic admixture», Genome Biology and Evolution, 9 (8): 2013-2022.
12 Thiago Magalhães da Silva y otros (2014), «The correlation between ancestry and color in two cities of Northeast Brazil with contrasting ethnic compositions», European Journal of Human Genetics, 23: 984-989.
13 Andrés Ruiz-Linares y otros (2014), «Admixture in Latin America: Geographic structure, phenotypic diversity and self-perception of ancestry based on 7,342 individuals», PLoS Genetics, 10 (9): e1004572.
14 Meike Bartels y otros (2012), «The five factor model of personality and intelligence: A twin study on the relationship between the two constructs», Personality and Individual Differences, 53 (4): 368-373.
15 «Letters: ‘A Troublesome Inheritance’», New York Times, 8 de agosto de 2014.
16 Jerry Coyne, «Our letter to the New York Times criticizing Nicholas Wade’s book on race», Why Evolution Is True, 9 de agosto de 2014.
17 Gregory Cochran, Jason Hardy y Henry Harpending (2006), «Natural history of Ashkenazi intelligence», Journal of Biosocial Science, 38 (5): 659-693.
18 David Reich, Who We Are and How We Got Here: Ancient DNA and the New Science of the Human Past (Oxford: Oxford University Press, 2018), 261-262.
19 Emil Kirkegaard y otros (2019), «Biogeographic ancestry, cognitive ability and socioeconomic outcomes», Psych, 1 (1): 1-25.
20 Alex Gillis, «Beware! Academics are getting reeled in by scam journals», University Affairs, 12 de enero de 2017. Véase tb. «Predatory publishing: The dark side of the open-access movement», ASH Clinical News, 1 de enero de 2017; Job de Vrieze, «Open-access journal editors resign after alleged pressure to publish mediocre papers», Science, 4 de septiembre de 2018.
21 Elliot Tucker-Drob y Timothy Bates (2016), «Large gene cross-national differences in gene × socioeconomic status interaction on intelligence», Psychological Science, 27 (2): 138-149.
22 Earl Hunt, Human Intelligence (Nueva York: Cambridge University Press, 2011); N. J. Mackintosh, IQ and Human Intelligence (Oxford: Oxford University Press, 2011).
23 Stuart J. Ritchie, Intelligence: All that Matters (Estados Unidos: John Murray Learning, 2015), cap. 5. Cito por la edición en digital.
24 Robert Sampson y Alix Winter (2016), «The racial ecology of lead poisoning», Du Bois Reviews, 13 (2): 261-283; Christopher Muller, Robert Sampson y Alix Winter (2018), «Environmental inequality: The social causes and consequences of lead exposure», Annual Review of Sociology, 44 (1): 263-282.
25 Jinkinson Smith (2018), «Has the black-white IQ gap in the United States narrowed? A literature review», SSRN Electronic Journal, en línea.
26 Melisa Ilardo y otros (2018), «Physiological and genetic adaptations to diving in sea nomads», Cell, 173 (3): 569-580.

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