«La paradoja sexual», de Susan Pinker

Atónito. Me parece el adjetivo que mejor describiría su expresión. ¡Acababa ofrecerle un ascenso! «Esta es la oportunidad de tu vida», aseguró. Mejor puesto, mejor paga, mejor estilo de vida. Pero su empleada, una mujer ejecutiva con una amplia trayectoria profesional, rechazó la oferta. «Mi presidente aquí no podía creer que la había descartado», dijo más tarde, anónimamente. «Las compañías como la mía trabajan muy duro para ayudar a las mujeres a triunfar en la cima de las posiciones ejecutivas. Pero ¿qué hay si simplemente no queremos subir tanto?». Una promoción, tal como explicó, requeriría mudarse a otra ciudad, lo que ciertamente aumentaría su salario y estatus, pero afectaría a su familia. En sus propias palabras: «Mi esposo ama su trabajo, mis hijos están muy felices y acostumbrados, y yo amo mi trabajo. Mi futuro a largo plazo no es tan fuerte como podría haberlo sido, pero yo obtengo mi felicidad y autoestima de mucho más que mi carrera».

Esta es una de las carismáticas anecdótas que componen el hilo narrativo de La paradoja sexual, de la psicóloga norteamericana Susan Pinker.1 El ejemplo con el que comienzo esta reseña sintetiza bastante bien la situación en la que nos encontramos en el siglo XXI, a saber, que las fronteras que antes dividían a hombres y mujeres están desapareciendo, pero no así las diferencias entre ellos. Esta es la paradoja a la que alude Pinker en el título de su obra, un fenómeno al que la psicóloga británica Cordelia Fine ha denominado, más atinadamente, «igualdad de género 2.0», una nueva versión de la igualdad en la que aún continuamos sin ser iguales, porque todos somos individuos libres para perseguir nuestros sueños.2

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De entrada, Pinker se inclina por una posición biologicista para explicar esta curiosa tendencia. Para persuadirnos con esta perspectiva, prepara el terreno para el lector empezando por exponer las diferencias de género que observamos entre niños y niñas. Uno de sus ejemplos —un clásico en estos casos— es el de que las niñas, en promedio, hablan y escriben más fluidamente que los niños. Las niñas, así pues, destacan por sus habilidades lingüísticas. En promedio, por supuesto. Los promedios son importantes, e insiste mucho en ello, porque nadie niega que estas diferencias nos proporcionan más información acerca de los grupos que de los individuos. A pesar de ello, la mayoría de las diferencias de género —incluso en la edad adulta— son tan pequeñas que describirlas como «diferencias» parece más una estrategia de mercadeo que un acto de compromiso con el rigor científico.3 Y en numerosas ocasiones estas diferencias resultan ser simplemente un artificio del tipo de prueba que se emplee para evaluarlas.

Consideremos, por ejemplo, la idea de que las mujeres tienen mayor empatía que los hombres porque sus cerebros están innatamente cableados para ello. La fuente de Pinker para esta afirmación es la idea de que el cerebro masculino está cableado para «sistematizar» y el femenino para «empatizar». Propuesta por el psicólogo británico Simon Baron-Cohen para explicar la sobrerrepresentación de los hombres en los trastornos del espectro autista, su base es un cuestionario que pide a los participantes que señalen hasta qué punto están de acuerdo con declaraciones como «Me resulta fácil entender a las demás personas», «Cuando algo se rompe en casa lo arreglo por mi propia cuenta», «Disfruto de cuidar a otras personas» y «Cuando leo el periódico me atraen las tablas de información, como las puntuaciones del último partido de futbol».

Pronto surge la sospecha de que plantear preguntas tan subjetivas a las personas puede distorsionar los resultados. Y la duda no carece de apoyo empírico. En un experimento con más de 10 000 participantes, un grupo de investigadores expuso a los individuos a una serie de videos que presentaban escenarios en los que se lastimaba o hería a una persona.4 Tras observar los videos, los participantes debían indicar, para cada uno, si les parecía que la acción había sido llevada accidental o intencionalmente, cuán mal se habían sentido por la víctima, cuán molestos estaban con el perpetrador y cuál sería la pena que ordenarían. Luego, un grupo elegido al azar de todos los participantes originales debía llenar un cuestionario para reportar sus habilidades empáticas. ¿Los resultados? En la primera tarea, donde los estudiantes debían responder preguntas más o menos objetivas, no surgieron diferencias de género. En la segunda, donde debían reportar su grado de acuerdo con varias preguntas acerca de sus habilidades empáticas, o bien las mujeres sobreestimaron su empatía, o bien los hombres subestimaron la suya. Es más que cuestionable, por ende, la idea de que las mujeres son más empáticas que los hombres. (También la idea de que las personas autistas carecen de empatía, como predice la teoría de Baron-Cohen, se apoya sobre arenas movedizas).5

Deprisa. Piensa en una diferencia. Cualquiera. Mírala atentamente. Más de cerca. Con cuidado. Y ahora… ¡Puf! Ya no está. ¿Te impresiona? Apenas empezamos.

La siguiente estrategia de Pinker para convencernos de que la biología imprime diferencias profundas entre hombres y mujeres se basa en las imágenes de resonancia magnética funcional (IRMf, para abreviar). En pocas palabras, las IRMf nos permiten observar el cerebro en funcionamiento al medir el flujo de oxígeno en la sangre (asumimos que el oxígeno tiende a concentrarse en las áreas que están más activas durante una tarea). Aunque esto parece sencillo en la teoría, está extremadamente lejos de serlo en la práctica. El cerebro es una máquina sumamente compleja. Como nuestro centro de comados, cualquier cosa que hacemos o pensamos se refleja en su actividad, lo cual altera fácilmente la fiabilidad de la neuroimaginería funcional. Si a esto le sumamos el hecho de que la mayoría de los estudios con IRMf se llevan a cabo con muestras muy pequeñas, la posibilidad de obtener resultados falsos es enorme. En efecto, no es difícil toparse en la bibliografía con estudios que afirmen encontrar diferencias sexuales en el funcionamiento neural de, por ejemplo, la empatía. Porque las investigaciones sobre diferencias sexuales en el funcionamiento cerebral sufren de un alarmante sesgo de publicación (los estudios que encuentran diferencias espurias se publican, mientras se ignoran los que no).6 ¿Quién dice que no hay neurosexismo en la imaginería cerebral?7

Si pasamos de los cuestionarios y los cerebros al comportamiento real, Pinker no lo hace mejor. Un ejemplo al que dedica un capítulo entero es el de las diferencias sexuales en la toma de riesgos, para las cuales tampoco tarda en considerar un origen evolutivo. Puedo estar de acuerdo en que estos constituyen ejemplos en los que no es difícil imaginar una hipótesis que invoque al mismísimo Darwin. Tal vez, en el pleistoceno, ligar con una mujer llevaba consigo el riesgo de ser asesinado por su padre, pero los hombres que no ligaban no conseguían dejar descendencia, así que aquellos que eran más propensos al riesgo, pese a sus costos, tenían un mayor éxito reproductivo, lo que favoreció la mayor toma de riesgos en los hombres. La hipótesis podría ser así de simple si no fuese porque lo que incluimos bajo el sintagma «toma de riesgos» incluye un conglomerado de conductas y respuestas que son todo excepto uniformes y equivalentes. En concreto, las pruebas que predicen la toma de riesgos en una tarea no predicen la toma de riesgos en otras.8 No debería asombrarnos, entonces, que los patrones de las diferencias de género en toma de riesgos sean contradictorios, a veces favoreciendo a los hombres, a veces a las mujeres (quienes toman más riesgos que los hombres en las finanzas, por ejemplo).9

No obstante, ninguno de estos problemas metodológicos detiene a Pinker de hipotetizar que las diferencias de género en la toma de riesgos e incluso la agresión se deben a la brecha de testosterona entre hombres y mujeres. Y, de nuevo, resbala vergonzosamente. Para evaluar a testosterona rex —ese rey omnipotente y omnipresente al que podemos apelar cuandoquiera que encontremos una diferencia de género entre hombres y mujeres— los científicos han llevado a cabo numerosos experimentos que consisten en inyectar testosterona en los hombres y comprobar si esto aumenta su comportamiento agresivo. Desafortundamente, a testosterona rex no le ha ido muy bien con la crítica. Un metaanálisis disponible para la fecha en que Pinker escribía su libro concluyó que la relación entre la testosterona y la agresión —redobles de tambores, por favor— no es significativamente diferente de cero.10 Y el metaanálisis más reciente sobre la relación entre la testosterona y la toma de riesgos no muestra conclusiones más positivas.11

Para hacer de la suya una narración persuasiva, Pinker tiene que apoyarse en una serie bastante limitada y cuestionable de datos biológicos e ignorar o simplemente descartar deliberadamente toda suerte de información sociocultural. Pinker asegura, por ejemplo, que no hay pruebas de que tener un mentor o tutor femenino motive a las mujeres a seguir otras carreras; una intervención descubrió que tener una tutora promovió la aspiración de las mujeres a continuar en una carrera de ingeniería e incluso a obtener un posgrado.12 Pinker descarta que exista sesgo de género en las instituciones; un metaanálisis reveló que, a no ser que los evaluadores de currículos estén altamente capacitados, es más probable que se contrate a un hombre que a una mujer con sus mismas características.13 Pinker afirma que las brechas de género en el mundo profesional se deben simplemente a que las mujeres prefieren las carreras con personas mientras los hombres prefieren las carreras con cosas; en realidad, un análisis psicométrico de las pruebas vocacionales concluyó que exponer «personas» y «cosas» como dos polos opuestos es tan absurdo como antagonizar «arriba» y «derecha», y un análisis muy reciente solidificó esta sospecha al demostrar que muchas carreras asociadas con «personas» están dominadas por hombres (la medicina, por ejemplo) y muchas carreras asociadas con «cosas» están dominadas por mujeres (ciencias de la información, por ejemplo).14

En su fanatismo al presentar todas las anécdotas y estudios que parecen respaldar sus hipótesis, desdeñando todas las pruebas que no lo hacen, Susan Pinker se asemeja más a una fundamentalista religiosa que una investigadora científica. No menciona que las chicas a menudo sienten que no encajan en las carreras dominadas por hombres y desertan de ellas o las evitan por la misma razón;15 no alude a las presiones sociales que frecuentemente encuentran las mujeres en carreras típicamente masculinas;16 no comenta que los hombres abandonan las carreras dominadas por mujeres acaso porque sienten amenazada su masculinidad;17 no analiza las diversas barreras culturales que desfavorecen a los hombres en su elección de carreras.18 Pinker simplemente quiere convencernos de que este es el mejor de los mundos posibles y que debemos enorgullecernos por ello.

Mi recomendación es que todos deberían leer este libro. En una época en la que hemos descubierto que muchos estudios en los que se fundaba nuestra sabiduría convencional no han conseguido replicarse,19 lo que pone en cuestionamiento la veracidad de todo lo que antes creíamos una verdad universal, me parece importante que las personas aprendan a distinguir la ciencia de la basura. Y La paradoja sexual ofrece un excelente ejercicio para ello.


1 Susan Pinker, La paradoja sexual: De mujeres, hombres y la verdadera frontera del género (Paidós: Barcelona, 2009).
2 Cordelia Fine, Cuestión de sexos: Cómo nuestras mentes, la sociedad y el neurosexismo crean la diferencia (Barcelona: Roca Editorial de Libros, 2011), cap. 8.
3 Ethan Zell, Zlatan Krizan y Sabrina Teeter (2015), «Evaluating gender similarities and differences using metasynthesis», American Psychologist, 70 (1): 10-20.
4 Sandra Baez y otros (2017), «Men, women…who cares? A population-based study on sex differences and gender roles in empathy and moral cognition», PLoS ONE, 12 (6): e0179336.
5 Scott Barry Kaufman, «Rethinking autism: From social awkwardness to social creativity», Behavioral Scientist, 14 de junio de 2017; Martin Silvertant, «Empathy & autism», Embrace ASD, 6 de febrero de 2019.
6 Sean David y otros (2018), «Potential reporting bias in neuroimaging studies of sex differences», Scientific Reports, 8: 6082.
7 Un metaanálisis realizado hace varios años por Fine, basado en estudios publicados entre 2009 y 2010, indicó que la mayoría usaba muestras que no superaban los 20 sujetos. Véase Cordelia Fine (2013), «Is there neurosexism in functional neuroimaging investigations of sex differences?», Neuroethics, 6 (2): 369-409. Más que tratarse de un problema exclusivo de las investigaciones sobre diferencias sexuales, este constituye un problema endémico de la neuroimaginería cerebral. Los estudios más recientes indican que, aún actualmente, la mayoría de los estudios no llega a usar más de 30 sujetos. Véase Benjamin Turner y otros (2018), «Small sample sizes reduce the replicability of task-based fMRI studies», Communications Biology, 1: 62; Shahrzad Kharabian Masouleh y otros (2019), «Empirical examination of the replicability of associations between brain structure and psychological variables», eLife, 8: e43464.
8 Eva Wölbert y Arno Riedl (2013), «Measuring time and risk preferences: Reliability, stability, domain specificity», SSRN Eletronic Journal; Graham Loomes y Ganna Pogrebna (2014), «Measuring individual risk attitudes when preferences are imprecise», The Economic Journal, 124: 569-593. Véase tb. Cordelia Fine, Testosterona rex: Mitos sobre sexo, ciencia y sociedad (Barcelona: Paidós, 2018), cap. 7, para una amplia discusión sobre las diferencias de género en la toma de riesgos.
9 Julie Nelson (2015), «Not-so-strong evidence for gender differences in risk taking», Feminist Economics, 22 (2): 114-142; Antonio Filippin y Paolo Crosetto (2016), «A reconsideration of gender differences in risk attitudes», Management Science, 62 (11): 3138-3160; Esther-Mirjam Sent e Irene van Staveren (2019), «A feminist review of behavioral economic research on gender differences», Feminist Economics, 25 (2): 1-35.
10 La correlación calculada es de 0.08, lo que es exageradamente pequeño. Véase John Archer, Nicola Graham-Kevan y Michelle Lowe (2005), «Testosterone and aggression: A reanalysis of Book, Starzyk, and Quinsey’s (2001) study», Aggression and Violent Behavior, 10 (2): 241–261.
11 La correlación estimada es de 0.12 ± 4, lo cual, al igual que en el caso anterior, es un número exageradamente pequeño, y significamente solo muy al margen diferente de cero. Véase Jennifer Kurath y Rui Mata (2018), «Individual differences in risk taking and endogeneous levels of testosterone, estradiol, and cortisol: A systematic literature search and three independent meta-analyses», Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 90: 428-446.
12 Tara Dennehy y Nilanjana Dasgupta (2017), «Female peer mentors early in college increase women’s positive academic experiences and retention in engineering», PNAS, 114 (23): 5964-5969.
13 Erik Girvan y Grace Deason (2015), «The generalizability of gender bias: Testing the effects of contextual, explicit, and implicit sexism on labor arbitration decisions», Law and Human Behavior, 39 (5): 525–537.
14 Louis Tay, Rong Su y James Rounds (2011), «People-things and data-ideas: Bipolar dimensions?», Journal of Counseling Psychology, 58 (3): 424-440; Mike Thelwall y otros (2019), «Gender differences in research areas, methods and topics: Can people and thing orientations explain the results?», Journal of Informetrics, 13 (1): 149-169.
15 Allison Master, Sapna Cheryan y Andrew Meltzoff (2016), «Computing whether she belongs: Stereotypes undermine girls’ interest and sense of belonging in computer science», Journal of Educational Psychology, 108 (3): 424-437; Karyn Lewis y otros (2017), «Fitting to move forward: Belonging, gender, and persistence in the physical sciences, technology, engineering, and mathematics (pSTEM)», Psychology of Women Quarterly, 41 (4): 420-436; Una Tellhed, Martin Bäckström y Fredrick Björklund (2017), «Will I fit in and do well? The importance of social belongingness and self-efficacy for explaining gender differences in interest in STEM and HEED majors», Sex Roles, 77 (1-2): 86–96.
16 Por ejemplo, Jenny Veldman y otros (2017), «Women (do not) belong here: Gender-work identity conflict among female police officers», Frontiers in Psychology, 8: 130. Véase tb. Fine, Cuestión de sexos, caps. 5 y 6.
17 Catherine Riegle-Crumb, Barbara King y Chelsea Moore (2016), «Do they stay or do they go? The switching decisions of individuals who enter gender atypical college majors», Sex Roles, 74 (9): 436–449.
18 Alyssa Croft, Toni Schmader y Katharina Block (2015), «An underexamined inequality: Cultural and psychological barriers to men’s engagement with communal roles», Personality and Social Psychology Review, 19 (4): 343-370.
19 «1,500 scientists lift the lid on reproducibility», Nature News and Comments, 28 de julio de 2016. Véase tb. Andrea Saltelli y Silvio Funtowicz (2017), «What is science’s crisis really about?», Future, 91: 5-11.

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