Un multiverso lingüístico: Mitos del neowhorfianismo

«Fuera de las palabras hay un lugar interminable. Se llama realidad».
Sabrina Berman, El Dios de Darwin.

 

El lingüista danés Otto Jespersen fue uno de los académicos más importantes e influyentes en la historia y el estudio de la filología inglesa. A principios del siglo XX, publicó su Growth and Structure of the English Language, un extenso tratado sobre la historia, evolución y desarrollo del inglés hasta tiempos modernos. Aunque sus ideas gramaticales estaban bastante adelantadas para su época, este libro nos recuerda que, en lo relativo a asuntos sociales, Jespersen era, sin duda, un hombre de su tiempo:

Es, por supuesto, imposible caracterizar un idioma con una sola fórmula […]. Empero, hay una expresión que me viene a la mente continuamente cuando pienso en la lengua inglesa y la comparo con otras: a mí me parece positiva y expresamente masculina, es la lengua de un hombre mayor y poco hay de femenino o aniñado en ella. Numerosos criterios se combinan para confirmar esa expresión, criterios fonológicos, gramaticales y léxicos, así como palabras y giros que se encuentran, y palabras y giros que no, en la lengua.

Para ejemplificar su argumentación, tomaba «al azar» un ejemplo de la lengua hawaiana: «I kona hiki ana aku ilaila hookipa ia mai la oia me ke aloha pumehana loa». No aclaraba lo que significaba esta oración —ni siquiera indicaba si se trataba de una—, pero sí llamó la atención sobre el hecho de que las palabras no terminaban ni formaban grupos de dos o más consonantes. Luego, procedió con este razonamiento:

¿Puede dudar alguien de que, aun si esta lengua suena agradable y está llena de melodía y harmonía, la impresión general es que se trata de una lengua infantil y afeminada? No se puede esperar mucha fuerza ni vigor de un pueblo que hable tal idioma; parece adaptado solo para los habitantes de las regiones cálidas donde el suelo apenas exige trabajo por parte del hombre para producir todo lo que este desee, y donde la vida no exhibe el sello de la lucha contra la naturaleza y las demás criaturas. En menor grado, encontramos los mismos patrones fonéticos en lenguas como la italiana o la española; pero cuán distintas son nuestras lenguas nórdicas.

Más adelante, citaba un proverbio italiano de acuerdo con el cual las palabras son femeninas y los hechos son masculinos. «Si la brevedad, la concisión y la precisión son características propias de un hombre, mientras que las mujeres por regla general no son buenas economizadoras del discurso», reflexionó, «el inglés es más masculino que la mayoría de las lenguas». Y aquí tampoco daba su argumento sin presentar pruebas:

En la gramática se ha deshecho de una buena cantidad de redundancias encontradas en el inglés más temprano y en las lenguas afines, reduciendo terminaciones, etc., hasta sus formas más cortas posibles y a menudo eliminando las terminaciones en conjunto. Donde los alemanes dicen, por ejemplo, alle diejenigen wilden tiere, die dort leben, de modo que el plural se expresa en cada palabra independientemente (salvo por, claro está, el adverbio), en inglés se dice all the wild animals that live there, donde all, el artículo, el adjetivo y el pronombre relativo son todos incapaces de recibir la marca del plural; el sentido se expresa con la mayor claridad imaginable […].

Y así continúa a lo largo de todo este capítulo introductorio, con el mismo estilo, exaltando la virilidad, la fuerza, la lógica, la sobriedad y la superioridad del inglés frente a las demás lenguas. Hasta que, por fin, concluye con las siguientes palabras: «Como es la lengua, así es la nación».1

Lo que Jespersen tenía en mente era obvio. Existe en las palabras una cualidad esencial que, de alguna manera, determina nuestra realidad, o nos dice algo significativo sobre ella. Pero la historia convencional nos cuenta que, formalmente, todo comenzó varias décadas después, cuando el antropólogo norteamericano Benjamin Lee Whorf enunció, inspirado en las ideas de su maestro Edward Sapir, lo que generaciones posteriores conocimos como el determinismo lingüístico:

El sistema lingüístico […] de cada lengua no es simplemente un instrumento que reproduce las ideas, sino que es más bien en sí mismo el verdadero formador de las ideas […]. La formulación de las ideas no es un proceso independiente, estrictamente racional en el antiguo sentido, sino que forma parte de una gramática particular y difiere, desde muy poco a mucho, entre las diferentes gramáticas. Diseccionamos la naturaleza siguiendo líneas que nos vienen indicadas por nuestras lenguas nativas.2

La idea, por supuesto, no era realmente novedosa. Varios pensadores anteriores, como Franz Boas, conocido como el padre de la antropología, habían desarrollado algunos bosquejos que sirvieron de apoyo a los investigadores posteriores. Cuando Newton dijo que había podido ver más lejos que otros solo porque se había parado sobre hombros de gigantes, se refería a que ningún conocimiento se construye en el vacío, sino sobre las ideas de quienes vivieron antes que nosotros.

En tiempos más recientes, los seguidores de las ideas de whorf —llamados a menudo de manera despectiva «neowhorfianos»— han reconocido la posibilidad de que Whorf exagerara el poder que tienen las lenguas sobre el pensamiento. Aun así, aseguran que sus propias investigaciones demuestran que estas pueden ejercer cierta influencia sobre él. El suyo —argumentan— es un programa de descubrimientos que apoyan una versión más moderada de las ideas whorfianas. Este es el programa del relativismo lingüístico.

Sin la menor duda, es razonable esperar que las palabras que usamos tengan diversas consecuencias en nuestro pensamiento, y el mejor ejemplo de que esto efectivamente sucede son los eufemismos. No obstante, el principal problema con los neowhorfianos «es que las muchas maneras en que el lenguaje se podría relacionar con el pensamiento suelen desdibujarse, y ocurre a menudo que a observaciones banales se les concede el estatus de descubrimientos radicales».3 Así pues, sus técnicas retóricas son persuasivas; sus experimentos, ingeniosos y elegantes; pero las pruebas que proporcionan para respaldar sus argumentos son extremadamente defectuosas. Examinemos algunos ejemplos detalladamente.

*     *     *

La parálisis del sueño es una condición relativamente común en la que una persona que se encuentra entre el sueño y la vigilia es incapaz de realizar movimientos voluntarios durante varios segundos o minutos.4 Quienes han experimentado la parálisis a menudo describen episodios de alucinación, como haber visto sombras, fantasmas o fuerzas espectrales que pueden inducirles terror y ansiedad. Se trata de un fenómeno documentado en diversas culturas (al menos 100 culturas diferentes tienen una palabra para designarlo), y los japoneses lo denominan kanashibari.5 En la mitología japonesa, se cree que el kanashibari surge como resultado de una posesión demoniaca, o bien debido a que la persona despierta justo cuando un yokai (una clase de criatura espiritual) merodea las habitaciones por la noche volteando las almohadas de quienes duermen.

Lo que distingue a los humanos de otros animales no es su inteligencia, sino su destreza para crear mitos y leyendas en torno a las rarezas. En algunas comunidades de México puedes comprar el cadaver embalsado de un colibrí acompañado de telas rojas y la ropa interior de una persona que elijas.6 Quienes realizan estas prácticas creen que así se consigue el favor de los dioses para triunfar en el amor (en algunas zonas de Inglaterra, en cambio, te recomendarían poner hojas de laurel en las esquinas de tu almohada). En África, numerosos hechiceros aseguran que los albinos poseen cualidades mágicas curativas, y por ello los cazan y asesinan para vender las partes de su cuerpo.7

Se estima que existen poco menos de 7000 lenguas alrededor del mundo. ¿Cuánta variación esperarías que hubiera entre todas ellas? Es seguro que una de las cosas más atractivas para quien acostumbra a ver el mundo desde una perspectiva eminemente occidental sea la diversidad cultural. Aquí comienza nuestro ejercicio de seducción argumentativa. En el caso que nos interesa, la mayor parte de nuestro conocimiento acerca de la diversidad lingüística procede, por una parte, de antropólogos que documentan las lenguas de las comunidades que estudian y, por otra, de tipólogos que se encargan de organizar el material antropológico. (La tipología lingüística es la disciplina que se ocupa del estudio y la clasificación de lenguas).8

La psicóloga Lera Boroditsky y la lingüista Alice Gaby decidieron estudiar una comunidad aborigen australiana, los kuk tayorís (de aquí en más, simplemente tayorís para abreviar).9 La lengua de los tayorís no tiene palabras para izquierda o derecha. En su lugar, los tayorís usan los puntos cardinales para dar indicaciones, de suerte que, en vez de decir que estás a la izquierda de alguien más, un tayorí dirá que estás a su norte, sur, este u oeste dependiendo de la posición geográfica en la que te encuentres. (En términos técnicos, se dice que nosotros empleamos un sistema de orientación egocéntrico, porque nuestra manera de apuntar direcciones depende de nuestra posición en el espacio, mientras que el de los tayorís es un sistema de orientación geocéntrico). Parece una tarea complicada, y para nosotros sin duda lo es, pero un niño tayorí de cinco años puede llevarla a cabo y hacernos sentir como completos inútiles sin demasiado esfuerzo.

Gaby y Boroditsky hipotetizaron que esta clase de orientación espacial podía tener algún efecto en la forma de pensar de los tayorís. En su experimento, dieron a un grupo de tayorís y a otro de estadounidenses una serie de fotografías de una persona (el abuelo de Boroditsky) y les pidieron que las organizaran en una escala temporal, desde la niñez hasta la vejez. Se dieron cuenta de que, mientras que los estadounidenses organizaban las fotografías de izquierda a derecha, los tayorís las organizaban algunas veces de derecha a izquierda, otras de izquierda a derecha, otras en sentido vertical ascendente y aun otras en sentido vertical descendente. A diferencia de los estadounidenses —y del lector y yo—, los tayorís ordenaban las fotografías de este a oeste, así que cuando el este coincidía con su izquierda el sentido era de izquierda a derecha, pero cuando coincidía con su derecha era de derecha a izquierda, y así sucesivamente.

Un caso que, sin lugar a dudas, parece apoyar firmemente la idea de que la lengua que hablamos tiene consecuencias poderosas en nuestra forma de lidiar con el mundo. No obstante, el de Gaby y Boroditsky es solo un caso de confusión de correlación con causalidad. Podría ser que los patrones lingüísticos que usan los tayorís fuesen el resultado, antes que la causa, de sus pautas culturales de orientación. Existen pruebas, por ejemplo, de que el sistema de escritura que usamos influye en nuestra percepción tempoespacial.10 El inglés y el mandarín que se habla en la China continental se escriben de izquierda a derecha y de arriba abajo, pero el mandarín hablado en Taiwán se escribe de arriba abajo y de derecha a izquierda. Cuando se les da una serie de cartas a varios hablantes de las tres lenguas y se les pide que las ordenen en una secuencia temporal, los angloparlantes y los chinohablantes de la China continental prefieren un sentido que parte de izquierda a derecha, mientras que los chinohablantes de la isla de Taiwán prefieren un sentido que parte de arriba abajo y a veces de derecha a izquierda. También se ha documentado que las reformas ortográficas han influido en la percepción tempoespacial de los hablantes del cantonés.11 Antes de la década de los cincuenta, el sentido de escritura obedecía la regla de partir de la derecha y acabar en la izquierda, pero hacia la década de los setenta predominó la regla contraria, de izquierda a derecha. Cuando se comparó a dos generaciones distintas, los sujetos mayores que habían estudiado durante la época en que se escribía de derecha a izquierda preferían esta orientación, en contraste con los sujetos más jóvenes, que preferían la orientación opuesta. Y estas preferencias se han manifestado en las metáforas que emplean para hablar sobre el tiempo y el espacio.

Pero ¿qué hay específicamente en relación con los tayorís? Una forma de distinguir los efectos de la cultura de los efectos que pudiese tener la lengua sería llevar a cabo un experimento controlado Como en los experimentos mencionados sobre los sistemas de escritura, tendríamos que comparar a dos grupos que hablaran la misma lengua y solo difirieran en algún aspecto cultural, o bien que hablaran dos lenguas diferentes y tuvieran culturas semejantes. Si es la lengua la que produce sus pautas cognitivas, los miembros de una misma cultura pero hablantes de diferentes lenguas deberían mostrar resultados diferentes, y a la inversa los miembros de dos culturas diferentes pero hablantes de una misma lengua deberían exhibir resultados similares.

Afortunadamente, y por extraño que parezca, los tayorís no son la única tribu indígena que emplea un sistema de localización geocéntrico (estos sistemas parecen ser muy comunes en comunidades ubicadas en ambientes geográficos como el de los tayorís).12 En tzeltal, una lengua maya hablada en México, tampoco existen palabras para designar la izquierda y la derecha. Los tzeltal disponen, en su lugar, de vocablos que aproximadamente significan cuesta arriba (aproximadamente hacia el sur), cuesta abajo (aproximadamente hacia el norte) y a través de la colina. El lingüista Stephen Levinson y sus colegas evaluaron a varios hablantes de tzeltal con un experimento muy creativo.13 Sentaban a los participantes frente a una mesa con una hilera de juguetes que miraban hacia la derecha. Más tarde, hacían que se giraran 180 grados y los ponían frente a otra mesa, les daban los mismos juguetes y les pedían que los organizaran de la misma manera que estaban en la primera. Los holandeses que participaron en el experimento prefirieron organizarlos empleando un marco de referencia egocéntrico, como en el orden (a) de la imagen inferior, mientras que los hablantes de tzeltal los organizaron usando un marco geocéntrico, como en el orden (b).

Tzeltal

¿Te parece impresionante? Los resultados sin duda parecen apoyar una vez más la hipótesis whorfiana, pero una observación detallada demostró todo lo contrario, cuando las psicólogas Li, Abarbanell y Gleitman, junto con sus colegas, decidieron visitar a la tribu de al lado.14 Los tzeltal viven junto a otra etnia que también habla una lengua maya, la tzotzil, que sí tiene palabras para designar la izquierda y la derecha. Por lo demás, las culturas de los tzeltal y los tzotzil son similares. Pese a la diferencia léxica, las investigadoras y sus colaboradores descubrieron que los hablantes del tzotzil organizaban los juguetes tal como lo hacían los del tzeltal. Y, de hecho, en otros experimentos comprobaron que los hablantes del tzeltal también pueden usar marcos de referencia geocéntricos para ubicarse.15

Si pasamos del dominio del espacio al del número, nos encontramos con diversos sistemas para expresar cantidad.16 En español, expresamos el número gramaticalmente como una oposición entre singular (uno) y plural (más de uno), pero otras lenguas cuentan con un sistema dual (expresan cantidades de uno, dos y más de dos), triales (uno, dos, tres y más de tres) e incluso paucales (uno, dos, tres, unos cuantos y más). Existen asimismo algunas lenguas que marcan el número en los verbos para indicar si el proceso o estado conceptualizado por aquellos se realizó una o varias veces. No debería sorprendernos, entonces, que haya muchas lenguas indígenas que carecen de números para contar más allá del cinco.

El científico de la Universidad de Columbia Peter Gordon estudió a los pirahã, una tribu aborigen de Brasil que habita cerca de uno de los afluentes del Amazonas.17 Los pirahã apenas poseen palabras para uno, dos y tres, que son tan imprecisas que a menudo se usan también para hablar de cantidades superiores o inferiores a los números que se supone que designan. En su experimento, Gordon comprobó que los pirahã son sumamente incompetentes para manipular cantidades mayores que tres. No saben, por ejemplo, observar cómo se ponen algunos frutos en una lata y adivinar, mientras se van sacando uno a uno, cuándo está vacía la lata, ni ver frutos sobre una mesa y poner el mismo número de cajones debajo de ellos. Lo más interesante fue que, a medida que los números se iban haciendo mayores, la precisión de los pirahã disminuía. Dados sus resultados, Gordon declaró: «Está aquí en juego la versión más contundente de la hipótesis de Benjamin Lee Whorf de que el lenguaje puede determinar la naturaleza y el contenido del pensamiento».

Ante una declaración tan radical, hay numerosos motivos para decir que estos resultados, o al menos sus interpretaciones, echan agua por todas partes. Para empezar con un dato bastante simplón, muchas especies de animales, desde mamíferos hasta insectos y aves, pueden manejar cantidades (algunos mejor incluso que nosotros) pese a no tener palabras para contar.18 Los lobos, por ejemplo, pueden distinguir el conjunto más numeroso de una serie, y las abejas son conocidas por ser de los pocos animales que parecen comprender el concepto de cero. Un motivo adicional para dudar es que nuestra habilidad para contar, además de tener una base evolutiva (difícilmente se podrá sobrevivir si no se aprende a distinguir una fuente de alimento abundante de otra que es escasa), está íntimamente correlacionada con la escolarización.19 ¿No es iluso esperar que una comunidad indígena que apenas tiene contacto con el mundo desarrollado pueda manejar relaciones matemáticas que nosotros aprendemos en la escuela?

Aquí, por fortuna, no hace falta investigar demasiado. El contraargumento definitivo está un estudio que se publicó en el mismo número de la revista Science en que Gordon publicó su artículo.20 Los mundurukú son otra etnia nativa del Amazonas brasileño, cuya lengua tiene palabras para designar números hasta el cinco pero, al igual que los pirahã, usan sus números de forma muy inexacta. Pueden realizar operaciones de adición y sustracción con cantidades de uno y dos, pero su precisión disminuye a la medida en que aumenta la cantidad que deben manejar. Recordemos que Gordon sugirió que era la falta de palabras para cantidades mayores que tres lo que causaba que los pirahã desempañaran tan pésimamente en tareas tan sencillas como la suma y la resta. Los mundurukú, sin embargo, tenían palabras para designar números hasta el cinco, y a pesar de ello no desempeñaban en las tareas mejor que los pirahã. Más aún, los investigadores señalaron que los mundurukú no están acostumbrados a contar. ¿Por qué debería importar este señalamiento adicional? En algunas comunidades indígenas de Australia cuyas lenguas también carecen de palabras para números mayores que cinco pero cuyos miembros sí acostumbran a contar, los niños monolingües pueden ejecutar estas tareas tan bien como los niños que hablan inglés como segunda lengua.21

Acabamos con los números y nos desplazamos a la esfera los sonidos. La variación fonológica entre las lenguas es más impresionante que la de los sistemas de número, porque existen diferencias fonológicas muy marcadas incluso entre lenguas muy relacionadas. El español cuenta con cinco vocales, pero sus primos el italiano, el francés, el catalán y el portugués poseen siete, dieciséis, ocho y nueve, respectivamente. Algunas lenguas pueden llegar a contener hasta 140 sonidos (que en fonología se denominan más técnicamente «fonemas»), y otras pueden sobrevivir muy bien sin tener acento.

En español podemos distinguimos unas palabras de otras, como no sea por medio de la ortografía, gracias al acento (comparemos mamá con mama y papá con papa). El chino, por el contrario, se define como una lengua tonal, debido a que lo que distingue unas palabras de otras que suenan igual es el tono con que se pronuncian (el chino posee cuatro tonos). Y de aquí surge un hecho extensamente documentado. Resulta que los hablantes nativos del chino y otras lenguas tonales perciben e identifican con más precisión los tonos musicales que los hablantes de lenguas no tonales.22 El origen de este efecto no es para nada misterioso. Es razonable suponer que la exposición, desde edades muy tempranas, a una lengua que depende del tono para distinguir unas palabras de otras mejore la habilidad para discriminar tonos, incluso musicales. La práctica hace al maestro, dice un proverbio muy atinado. Cuando se compara la capacidad músicos y chinohablantes para reconocer tonos, ambos exhiben una destreza bastante similar, con los músicos en ligera ventaja.23

Sonidos aparte, consideremos un estudio con colores, en el que varios investigadores compararon la rapidez para discriminar entre tonos de azul entre hablantes de ruso e inglés.24 ¿Qué puede haber de interesante en la habilidad para distinguir un azul claro de otro más oscuro? Sucede que, en ruso, a diferencia de inglés y español, no existe una palabra para azul, sino que existen dos, una para lo que nosotros llamamos azul claro y otra para nuestro azul oscuro. (Otras lenguas con esta cualidad son la turca, la griega, la mongola y probablemente también la catalana y la italiana).25 Los investigadores querían averiguar si esta diferencia lingüística podía tener algún efecto en la cognición de los participantes. ¿Sus resultados? Tal como esperaban, los hablantes de ruso eran más rápidos para identificar el azul claro y el azul oscuro. Otro estudio reciente con hablantes de chino y mongol ha encontrado resultados similares.26

Una primera crítica que se me ocurre es la de apuntar que es un craso error asumir que lo que nosotros entendemos por azul claro sea lo mismo que entiende un ruso o un mongol. Incluso dentro de una misma lengua existen diferencias entre lo que dos hablantes entienden por una misma palabra. En un chiste, dos amigos conversaban sobre la muerte de un conocido y, cuando uno preguntó por la causa, el otro le contestó que había sido una muerte natural. «¿Qué le ocurrió?», quiso saber el primero. «Le cayó un piano encima», contestó el segundo. «¿Y cómo puede ser eso una muerte natural?», preguntó el primero, sorprendido. Y el segundo le respondió: «Hombre, si a ti no te parece natural morir después de que te ha caído un piano encima…».

Por añadidura, como conjetura, no sería descabellado suponer que las personas con experiencia con los colores, como los artistas, mostrarían resultados similares en su capacidad para distinguir colores con más precisión que la persona promedio, tal como ocurre con los hablantes de lenguas tonales y los músicos y su capacidad para discriminar tonos musicales.

En efecto, un problema con la conclusión de los autores es una cuestión metodológica. En esta clase de estudios, los resultados varían de acuerdo con la clase de tarea.27 Cuando consiste en un estímulo verbal, las influencias de las palabras se hacen evidentes; no así cuando consiste en un estímulo no verbal. Si bien esto parecería apoyar la hipótesis whorfiana, en realidad no la avala, sino que más bien la pone en aprietos. Los autores del estudio con los rusohablantes declararon que sus resultados demostraban que «el desempeño en la discriminación de colores difiere entre grupos lingüísticos como resultado de las distinciones perceptivas habitualmente hechas en una lengua particular». De ser así, ¿por qué el efecto aparece y se desvanece según la clase de experimento que lo ponga a prueba? No es algo que debería ocurrir si nuestra lengua influyera determinantemente en nuestra cognición.

Nuestro último ejemplo neowhorfiano es uno que ha generado un debate candente y delicado en los últimos años: el género. El lingüista norteamericano George Lakoff estudió una lengua aborigen australiana, el dyirbal, que configura el título de su clásico lingüístico Mujeres, fuego y cosas peligrosas.28 Si bien podría sugerir cierta misoginia, en dyirbal los sustantivos se dividen en cuatro categorías (géneros gramaticales). Uno incluye a los seres humanos de sexo masculino y la mayoría de los animales; otro alude a cualquier tipo de comida, salvo carne; un tercero designa a los seres humanos de sexo femenino, el fuego, el agua y las cosas peligrosas (de aquí el título de su libro); y el último agrupa a los que no entren en ninguno de los otros tres.

En español estamos habituados a dos géneros gramaticales, masculino y femenino, pero el latín tenía tres —a saber, masculino, femenino y neutro—, tal como hoy los tienen el ruso y el alemán. (En español, el antiguo neutro del latín permanece en unos pocos pronombres, como ello, esto, eso y aquello). El suajili, hablado principalmente en Kenia y Tanzania, cuenta con ocho géneros, pero otras lenguas como la nurinbata, hablada en el norte de Australia, emplean diez y la fula, hablada en varias zonas África, hasta veinte. Son más las que no tienen ningún sistema de género en absoluto. Y existe gran diversidad de ejemplos alrededor del mundo.29

Lera Boroditsky y sus colegas pusieron a prueba a varios hablantes de español y alemán.30 Crearon una lista de 24 objetos y les pidieron a los participantes que escribieran los primeros adjetivos que se les ocurriesen al leer las palabras. La palabra llave es femenina en español pero masculina en alemán, mientras que la palabra puente es masculina en español pero femenina en alemán. Los alemanes describieron las llaves como «duras» y «pesadas», pero los españoles las describieron como «pequeñas» y «preciosas». En contraste, los alemanes describieron los puentes como «hermosos», «elegantes», «frágiles» y «esbeltos», a la vez en que los españoles los describieron como «grandes», «peligrosos», «fuertes» y «robustos».

No hace falta pensárselo demasiado para reconocer que existe algo sospechoso en estos resultados. En español, la palabra espejo es de género masculino y, a pesar de ello, yo diría que los espejos son «hermosos», «elegantes» y «frágiles». La palabra roca, por el contrario, es femenina, ¿y quién en su sano juicio diría de las rocas que son «elegantes», «frágiles» y «hermosas»? Existen, además, palabras que varían según las zonas geográficas, como calcetín en España y medias en América, y es muy dudoso que los españoles y los americanos describamos esta prenda de vestir de formas diferentes, o que creamos que la prenda se traviste cuando viaja de un continente a otro.

En adición, como destacó el antropólogo argentino Carlos Reynoso, habría que considerar la clase de objetos que tenían en mente los informantes.31 Seguramente, si pidiésemos a varios individuos que viven en Brooklyn que describieran un puente, pensarían en el grande, fuerte y robusto puente de Brooklyn, mientras que si pidiésemos lo mismo a personas que viviesen cerca de un parque con un jardín japonés, pensarían en un elegante, frágil y hermoso puente típico de los jardines japoneses. De hecho, tal vez quieras echar un vistazo a las imágenes de Google que aparecen cuando pones llave y cuando pones su correspondiente alemán,  Schlüssel (por convención, en alemán los sustantivos siempre se escriben con mayúsculas). Los resultados te sorprenderán.

*     *     *

Si eres un amante novato de las palabras en lenguas extranjeras, especialmente de esas que suelen catalogarse como «intraducibles», seguramente conoces el Schadenfreude. Si no, estoy convencido de que lo habrás experimentado alguna vez (me puedes mentir a mí, pero no a ti mismo). La palabra es de origen de alemán y alude al sentimiento de alegría o satisfacción que tenemos cuando contemplamos las desgracias que les ocurren a otras personas.

Me atrevería a decir que todas las lenguas tienen vocablos para conceptualizar momentos, emociones, sensaciones o sentimientos que son universales a la experiencia humana. (¿Habrá alguno para designar esos instantes en los que no tenemos palabras que expresen con precisión nuestras ideas?). Mi ejemplo favorito es el cafuné. Es de origen portugués y, aunque se traduce por ‘caricia’, se refiere más específicamente a las caricias en el cabello. El Libro Guiness de los Records incluyó hace unos años mamihlapinatapai como la palabra más concisa de todas, considerada también como la más difícil de traducir. Originaria del yamanás, una lengua hablada en el archipiélago de Tierra del Fuego, significa ‘una mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambas desean pero que ninguna se atreve a empezar’. Otros ejemplos de palabras raras e intraducibles incluyen nuestra sobremesa y duende, el verbo ruso пропить (propit’, ‘desperdiciar el dinero en alcohol’) y el sustantivo тоска (toska, ‘melancolía, angusta, aburrimiento, tedio, anhelo y nostalgia’), así como el portugués saudade, que designa el sentimiento de extrañar a algo o a alguien.32

En español existen muchas palabras que no tenemos para especificar ciertos matices, tampoco para verbalizar con precisión estados psicológicos que experimentados con frecuencia. Los angloparlantes hablan de shameembarrassment, pero en español solo tenemos vergüenza, aunque en algunas zonas de América usamos vergüenzapena con sentidos muy cercanos a las palabras inglesas.33 He aquí la pregunta del millón: ¿Son la mayoría de los hispanohablantes incapaces de distinguir la vergüenza que experimentan tras hacer el ridículo frente a numerosos espectadores de la vergüenza que experimentan al recibir, por ejemplo, un halago de su platónico? La Biblia dice que en el origen estaba la palabra, pero a mí me parece eviedente que lo primero que surgió fue nuestra capacidad para inventarlas.

Los neowhorfianos aseguran que Whorf continúa parado de pie con firmeza, pero yo lo veo tambaleándose parado de cabeza. ¿Y tú?


1 Otto Jespersen, Growth and Structure of the English Language (1912), pp. 2-5, 17.
2 Benjamin Whorf, Lenguaje, pensamiento y realidad (Barcelona: Barral, 1971), p. 141.
3 Steven Pinker, El mundo de las palabras: Una introducción a la naturaleza humana (Barcelona: Paidós, 2007), p. 176.
4 Para una revisión sistemática de la bibliografía sobre parálisis del sueño, véase Dan Denis, Christopher French y Alice Gregory, 2018, «A systematic review of variables associated with sleep paralysis», Sleep Medicine Reviews, 38, pp. 141-157.
5 Agradezco a Laura haberme aportado este dato antropológico.
6 «Las supersticiones mexicanas creen que el colibrí ayuda en el amor. Y eso los está matando», Magnet, 18 de junio de 2018.
7 «Ébano y marfil: la persecución del albinismo en África», El Orden Mundial, 12 de diciembre de 2016.
8 Para una introducción a los métodos de investigación de la tipología lingüística, véase Viveka Velupillai, An Introduction to Linguistic Typology (Ámsterdam: John Benjamins, 2012).
9 Lera Boroditsky y Alice Gaby, 2010, «Remembrances of times East: Absolute spatial representations of time in an Australian aboriginal community», Psychological Science, 21 (11), pp. 1635–1639.
10 Benjamin Bergen y Ting Ting Chan Lau, 2012, «Writing direction affects how people map space onto time», Frontiers in Psychology, 3: 109.
11 Hilário de Sousa, 2012, «Generational differences in the orientation of time in Cantonese speakers as a function of changes in the direction of Chinese writing», Frontiers in Psychology, 3: 255.
12 Pierre Dasen, 2018, «Cross-cultural research on spatial concept development», Cognitive Processing, 19 (supl. 1), pp. 93-99. Véase tb. Jhon McWhorter, The Language Hoax: Why the World Looks the Same in Any Language (Nueva York: Oxford University Press, 2014), cap. 1.
13 Stephen Levinson, Sotaro Kita, Daniel Haun y Björn Rasch, 2002, «Returning the tables: Language affects spatial reasoning», Cognition, 84 (2), pp. 155-188.
14 Pinker, El mundo de las palabras, pp. 205-206; McWhorter, The Language Hoax, pp 18-22.
15 Peggy Li, Linda Abarbanell, Lila Gleitman y Anna Papafragou, 2011, «Spatial reasoning in Tenejapan Mayans», Cognition, 120 (1), pp. 33-53.
16 Velupillai, An Introduction to Linguistic Typology, pp. 159-162.
17 Peter Gordon, 2004, «Numerical cognition without words: Evidence from Amazonia», Science, 306, pp. 496-498.
18 «Can animals count?», Live Science, 3 de diciembre de 2017; «Many animals can count, some better than you», New York Times, 5 de febrero de 2018. Véase tb. los artículos reseñados por Christian Agrillo y Michael Beran, 2013, «Number without language: Comparative psychology and the evolution of numerical cognition», Frontiers in Psychology, 4: 295.
19 Stephen Ferrigno y otros, 2017, «Universal and uniquely human factors in spontaneous number perception», Nature Communications, 8: 13 968.
20 Pierre Pica, Cathy Lemer, Véronique Izard y Stanislas Dehaene, 2004, «Exact and approximate arithmetic in an Amazonian indigene group», Science, 306, pp. 499-503.
21 Brian Butterworth, Robert Reeve, Fiona Reynolds y Delyth Lloyd, 2008, «Numerical thought with and without words: Evidence from indigenous Australian children», PNAS, 105 (35), pp. 13179-13184.
22 Ryan Giuliano, 2011, «Native experience with a tone language enhances pitch discrimination and the timing of neural responses to pitch change», Frontiers in Psychology, 2: 146.
23 Stefanie Hutkaa, Gavin Bidelmanc y Sylvain Moreno, 2015, «Pitch expertise is not created equal: Cross-domain effects of musi-cianship and tone language experience on neural and behaviouraldiscrimination of speech and music», Neuropsychologia, 71, pp. 52-63
24 Jonathan Winawer y otros, 2007, «Russian blues reveal effects of language on color discrimination», PNAS, 104 (19), pp. 7780-7785.
25 David Bimler y Mari Uusküla, 2014, «“Clothed in triple blues”: Sorting out the Italian blues», Journal of the Optical Society of America A, 31 (4), A332.
26 Hu He y otros, 2019, «Language and color perception: Evidence from Mongolian and Chinese speakers», Frontiers in Psychology, 10: 551.
27 Michael Webster y Paul Kay, 2012, «Color categories and color appearance», Cognition, 122 (3), pp. 375–392.
28 George Lakoff, Women, Fire, and Dangerous Things: What Categories Reveal about the mind (Chicago: University of Chicago Press, 1987).
29 Greville Corbett, Gender (Cambridge: Cambridge University Press, 1991); Greville Corbett, 2011, «Number of genders», The World Atlas of Language Structures Online, cap. 30. Véase tb. Velupillai, An Introduction to Linguistic Typology, pp. 165-171; «This blog is a he», OxfordWords, 30 de enero de 2012.
30 Lera Boroditsky, Lauren Schmidt y Webb Phillips, «Sex, syntax, and semantics», en Language in Mind: Advances in the Study of Language and Cognition, editado por Dedre Gentner y Susan Goldin-Meadow (Massaxhusetts: MIT Press, 2003), 61-79.
31 Carlos Reynoso, Lenguaje y pensamiento: Tácticas y estrategias del relativismo lingüístico (Buenos Aires: SB, 2015), cap. 10.
32 «7 foreign words you need to know», OxfordWords, 30 de julio de 2015; «Translatable vs untranslatable», OxfordWords, 6 de agosto de 2014.
33 Ignacio Bosque, 2010, «Aspectos individuales y sociales de las emociones: Sobre la noción de ‘vergüenza’ y sus variantes», Páginas de Guarda, 10, pp. 13-27.

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